22. El Booth que salvó a Lincoln

Edwin_Booth

Siempre tengo problemas al contar este relato, porque no sé si quienes la escuchan conocen sobre sus protagonistas.

Dejaré que los libros de historia sean quienes llenen los huecos, y me limitaré a contar cómo dos familias sufrieron dos pérdidas, y cómo dos vidas se salvaron.

Si tuviese que remontarme hacia el principio, no sabría por dónde hacerlo. Quizá deberíamos remontarnos hacia fines del siglo XVIII, cuando Richard Booth, un abogado hijo de un herrero, tuvo a Junius. Nacido un 1º de mayo (fecha que muchas décadas después conmemoraría el Día del Trabajador), Richard decidió ponerle un peculiar nombre a su descendiente. Fruto de la influencia del teatro y la historia del mundo occidental, su hijo se llamó Junius Brutus Booth.

En ese segundo nombre se escondía la esencia de los acontecimientos venideros. Casi como un designio, Junius se convirtió en un talentoso actor de Inglaterra, otorgando un excelente Ricardo III, y otras obras shakespereanas.

En 1821, Junius Brutus Booth escapó junto a su amante a los Estados Unidos, abandonando a su esposa y a su primogénito.

En el Nuevo Mundo tuvo diez hijos. Junius Jr., Edwin y John fueron los tres que siguieron sus pasos y se dedicaron a la actuación. Pero fue Edwin el más talentoso, un recordado intérprete de las obras de Shakespeare del siglo XIX. John, de joven, visitó a una gitana que le dijo que moriría joven.

Junius partió junto a sus hijos mayores en un tour por California. El año era 1852, y en el viaje de regreso por New Orleans, decidió beber agua del río. A los cinco días, sin médicos abordo, murió, agónico y delirante de fiebre.

Edwin pasó el trago amargo de la muerte de su padre con alcohol. Era lo único que le daba seguridad y confianza. ¿Qué podía hacer? En casa, las cosas tampoco marchaban bien. El límite que se impuso entre los Confederados y la Unión, esa guerra civil que dividió a su país, dividió también a su familia. John era un apasionado defensor de las causas del sur; quería que su país siguiese siendo el mismo en el que había crecido. Edwin se separó de su familia poco a poco. El éxito le sonreía. Su rostro era conocido por todo el país. Pero seguía insatisfecho, recurriendo al fondo de una botella cada vez que tenía que salir adelante.
La familia Booth y la familia Lincoln no se cruzaron hasta el día en que Edwin decidió votar por el candidato republicano en 1860. Años después, sin saberlo, su hermano John se cruzaría con el presidente en algunas ocasiones.

Tres años después, ambas familias volverían a encontrarse. Una noche, Edwin estaba en la plataforma del tren, aún con el gusto del alcohol en su boca. Una muchedumbre se amontonaba para comprarle al chofer los últimos pasajes para los coche-cama. Edwin tenía reservado su camarote, lo único que esperaba era que la gente se dispersara para poder subir. Visible solo para su distraído ojo, un joven fue empujado por el amontonamiento y cayó entre la plataforma y el tren, al tiempo que la locomotora hacía una sutil maniobra y avanzaba lentamente hacia la pobre víctima. De un salto, Edwin tomó al joven de su abrigo y tiró hacia arriba. Nunca se sabrá si ese accidente pudo haber sido fatal o no, lo cierto es que alguien le había salvado la vida a alguien. El joven levantó la vista, algo avergonzado, y reconoció el famoso actor shakespeariano: las únicas palabras que pudieron salir de su temblorosa voz fueron “Edwin Thomas Booth”.

Edwin limpió un poco el polvo del saco del joven, llamado Robert. Vestía demasiado bien para necesitar ayuda o dinero. A él le bastó con su gratitud, y con que aún le reconociesen fuera del teatro.

Esa fue su Epifanía, ese fue el momento en que decidió dejar la bebida. Había salvado a un hombre, había cambiado la historia.

Tiempo después, Edwin recibió una carta agradeciéndole haber salvado la vida de Robert Todd Lincoln, hijo del presidente Abraham Lincoln.

En 1865, gracias a su prestigio actoral, el joven John ingresó al Teatro Ford durante la obra Our American Cousin. Conocía el guion de punta a punta, así que esperó a la segunda escena del tercer acto. Luego de que el personaje de Asa Trenchard dijo la línea más graciosa de la obra, el teatro estalló en risas. John eligió ese estruendo para apagar el disparo a la cabeza del presidente. En ese instante, John Wilkes Booth pasó a la historia como el asesino de Abraham Lincoln. Se tiró del palco al escenario, y aunque se rompió una pierna, logró escapar a pie. A los doce días lo mataron por la espalda en un establo, de la misma manera en que había asesinado al presidente.

Edwin estaba destrozado. Había perdido a un hermano y a un presidente. La tentación de volver a la bebida fue muy fuerte. Llegó incluso a pensar que todo era culpa de su padre, Junius Brutus Booth. Este es el momento en que apelo a que el lector se amigue con los libros de historia, donde encontrará el nombre de Marcus Junius Brutus, senador romano, inmortalizado por ser quien llevó adelante el asesinato de Julio Cesar.

El apellido Booth quedó impregnado para siempre de infamia. Edwin se negó a volver a actuar, pero las deudas que crecían lo obligaron a volver a las tablas. Actuar, y saber que había salvado la vida del hijo de Lincoln, dos años antes de la muerte del presidente, fue su único consuelo, el motor que le permitió seguir adelante.

En 1869, Edwin, nuevamente un prestigioso actor, logró, tras semanas de escribir carta tras carta, que el cuerpo de John fuese enterrado en el mausoleo familiar. Los Booth y los Lincoln jamás volvieron a cruzarse. Robert, quien tras el asesinato de su padre decidió dormir en la Casa Blanca, jamás se perdonó no haber estado ahí para detener al hermano de su salvador. Edwin tampoco se perdonó no haber estado ahí para salvar a su hermano, intentando que los libros de historia lo recordaran como John Wilkes Booth, el actor, en lugar de John Wilkes Booth, el magnicida.

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21. Banfield

Julio_Cortazar

¿Sabías que antes los boletos eran de cartón y el guarda te los picaba? Tengo varios de esos cartoncitos guardados, los usaba de señalador. Me gusta porque tienen la fecha.

Resulta que estaba en la estación esperando el tren a Constitución. Justo me había perdido el anterior. Lo corrí y no lo alcancé. Yo te soy sincero, nunca fui de leer mucho, pero ese verano aprovechaba bien los viajes y en dos semanas te terminaba una novelita. Cuando le conté a tu papá me quiso incentivar y me prestó un montón de libros. Me había llevado una antología de Cortázar y empecé por La cosecha de María. ¿Lo ubicás? Ese donde una loca tira migas de pan en la tierra y después las riega con vino. Bueno, antes de que hicieran la película fue un cuento. Yo también lo conocí cuando lo dieron en la tele.

Estaba concentrado en la lectura y de pronto escuché la campana del tren. Lo raro es que no venía por el andén 1, sino que era un traqueteo ensordecedor que se frenó en el andén 3. No sé ahora, pero antes nunca paraban en Banfield, era el servicio rápido que venía directo de Temperley a Constitución, con una única parada en Avellaneda. Pero no quise dejar pasar la oportunidad. Corrí, salté las vías y me subí.

Adentro no había asiento, así que caminé hasta el furgón, donde me encontré con un hombre fumando solo. Nunca lo había visto en persona, pero lo reconocí enseguida. Era Cortázar. Sí, te lo juro. Julio Cortázar. Ya sé, pero era él. Sin barba, más joven. Vestía traje, sin corbata. En una mano el cigarrillo y en la otra un cuaderno Rivadavia.

Me miró, sonrió y me invitó una pitada. Yo justo había dejado, pero me arrepiento de no haber aceptado. Le pregunté si era él y eso le hizo mucha gracia. Inmediatamente saqué la antología y le quise pedir que la firmara para tu viejo, pero no me salían las palabras.
Me acuerdo que lo agarró y lo puso lejos, como para enfocar. Leyó en voz alta: Antología Completa, Julio Cortázar, cuentos inéditos. Soltó una risotada y después empezó a negar con la cabeza. Le dio otra pitada al cigarrillo. Me preguntó si estaba seguro de no querer y le respondí que hacía 38 días que no fumaba. Saqué un chicle Bazooka, que es lo que masticaba cuando me moría por un pucho. Me preguntó si le podía dar el chiste. Leyó el papelito en silencio y lo guardó en su cuaderno.

Cuando llegamos a Avellaneda se liberó un asiento. Se ubicó en la ventanilla y me pidió que me sentara con él. Todavía tenía mi antología; la de tu papá, mejor dicho. Abrió su cuaderno, que además de estar todo garabateado y con papeles sueltos, estaba lleno de recortes de diario. No te digo artículos, sino títulos. Frases. Cosas sueltas. Entre todo eso tenía fotos de mi hermano. Te lo juro. Cuando lo vi casi me pongo a llorar. Desde que era chiquito hasta que se convirtió en bombero. Incluso de la época en la que atendía la heladería. Yo no sabía qué decir. Le pregunté si lo había conocido en vida o después. Me hubiese gustado saber, pero él estaba más interesado en su propia antología.

Abrió el primer cuento, La cosecha de María. Se empezó a reír. Dijo: Cuántos lugares comunes. Admitió que ni recordaba haberlo escrito. Me preguntó por qué le pusieron ese título, y la verdad es que no tenía idea. Me habló de las obras inconclusas, y de que ni el más osado curador del Louvre se atrevería a ponerle brazos a la Venus De Milo.

Sacó varios de sus recortes y con una cinta empezó a pegarles títulos. Yo solo pensaba en tu papá y en que Cortázar estaba terminando sus obras inconclusas en su propio libro. En ese momento me di cuenta de que nunca se lo iba a poder devolver.
Me devolvió la antología y se acomodó en el asiento, satisfecho. Ahí me cayó la ficha y quise preguntarle si sabía que llevaba varios años muerto, pero no me animé. Entonces pensé que seguramente yo estaba muerto o soñando. Que por ahí todos en ese tren estábamos viajando al otro lado, pero terminamos llegando a Plaza Constitución.

Nos bajamos y en esa época los guardas te sacaban el boleto, lo tuvieras picado o no. Era para que no lo vuelvas a usar. Yo me hice el tonto y me lo quedé. Lo guardé décadas. Vos ni habías nacido.

En el hall me di cuenta que encaramos para distinto lado. Le ofrecí compartir un taxi y me sonrió. Me dijo que no creía que fuésemos al mismo lugar. Se fue en dirección al subte, y entre la gente lo perdí de vista.

Ya pasó mucho tiempo de eso. Ahora tu papá no está más y me avergüenza un montón haber esperado tantos años para devolverte el libro. Deberías tenerlo. Mirá, todavía tiene el boleto adentro. Con la fecha de cuando pasó.

¿Por qué no se lo devolví? Al principio pensaba que por egoísmo, porque era un objeto invaluable y cualquiera iba a querer tenerlo. También sentí que tu papá merecía encontrárselo más que yo. Pero después me di cuenta de que había sido por mi hermano. Cortázar lo conocía y me mostró las fotos. La conexión era conmigo. ¿No vale más el amor por un hermano que un montón de hojas y tinta?

Nunca fui muy culto. Por ahí si hubiese leído más te podría hacer un análisis más profundo. Vos sos de leer, y seguro le vas a encontrar la vuelta.

Mirá. Me dijiste que conocías La cosecha de María, ¿no? ¿Querés ver cómo le terminó poniendo Cortázar? Abrí el primer cuento, ahí lo tenés. Es mucho mejor, ¿no te parece?

20. Agnóstica

agnostica

El sueño empezaba conmigo en una especie de playa, porque tenía arena y gente tomando sol, pero no era el mar, más bien parecía un río, como alguno de esos balnearios en Córdoba, pero no pienses en Córdoba porque te va a confundir, más bien pensá en un balneario de agua dulce, con arena y gente en malla y sombrillas a los costados, con las montañas levantándose a sus espaldas, aunque Córdoba tiene montañas, ¿no?, eso te puede llegar a mezclar todo, pero bueno, había montañas nevadas, suele haber lugares así, donde uno se baña en agua que está caliente y a su alrededor hay nieve, son lugares hermosos, porque es como si te metieras en un oxímoron, que vendría a ser algo que tiene la característica de su opuesto, por eso de la nieve y vos estás caliente, aunque los sueños no suelen ser exactos, y esto viene a colación con que estaba en el agua cuando empezó a nevar y todos empezaron a juntar sus cosas y a correr, mientras yo pensaba que si nevaba muy fuerte las montañas nevadas podían provocar un alud, y en el momento en que pensé eso la nevada se hizo más y más intensa, y nos dejó a todos tapados por la nieve, como si de golpe pasase de un sueño hermoso donde estoy descansando a una pesadilla horrible, con gente corriendo aterrada sin saber si meterse al agua, cálida y protectora, o si huir por la fría nieve, pero peor se puso con el alud, porque las cumbres nevadas no soportaron tanta nieve y enterraron a mucha gente, más bien diría a todos menos a mi, que tuve la suerte de quedarme en el agua, justo en una zona donde el alud de nieve no llegó, aunque maldita sea mi suerte, la única forma de salir de ahí era trepar por toda esa nieve que había caído y que había enterrado a decenas de incautos y para colmo yo estaba en bikini, amarilla, que me daba un poco de vergüenza porque se me bajaba a cada rato, y me imaginé a mi hundiéndome en la nieve, y el corpiño quedando en la superficie, como marcando en dónde buscar el cadáver de la ridícula que se murió en topless, porque no hay nada más peligroso que andar caminando sobre nieve suelta, esa que se forma, claro, con los aludes, y encima con uno que terminó por tapar hasta los pinos más altos (¿te imaginás la punta de los pinos asomando en la nieve y a mí trepando y agarrándome de esas puntitas verdes?) y que para colmo amenazaba con volver a tirarme más nieve en la cabeza, porque los picos seguían nevados y con suficiente nieve para tapar todo el lago, o era un río, no sé, y ahí sí que nadie me iba a encontrar, y justo que estoy pensando eso se desmorona el que está a mi izquierda y yo como lo venía anticipando pude esquivarlo y ni siquiera me tocó los pies descalzos, porque iba descalza, con mi ridícula bikini amarilla y mis sandalias debajo de toneladas de nieve, y yo cuidando no resbalar ni hundirme ni soltar mi bikini de un amarillo horrible porque se me podía llegar a escapar algo, al menos me cuidé más que nunca cuando se acercó el guardabosques que venía trepando por el otro lado y en un tono autoritario por demás me dijo
– Reparta su peso que se va a hundir
y yo le agradecí su consejo, era obvio que eso era justamente lo que intentaba hacer, ni que estuviese intentando caminar de manos, pero así y todo, pedante como era, me dio una mano para bajar de esa montaña de la muerte y terminé en el pasto, y era cálido y la nieve parecía un recuerdo lejano, como en las películas cuando rescatan a la chica y ella se abraza al muchacho y lloran, pero justo ahí se aparece el monstruo o el asesino o quien sea para dar su última estocada, y yo que me creía a salvo de la montaña, lejos, me giro y veo una mano asomarse de entre la nieve, una mano que parecía tan pequeña y frágil enterrada en la nieve, que por suerte alguien vio y entre dos guardabosques tiraban mientras otro desenterraba e insultaba al que estaba debajo de la nieve para que resistiera, y escuchá esta parte porque es la más importante del sueño, todo cobra otro sentido cuando sacan a un muchacho, era coreano o japonés o algo así, yo no logro distinguirlos pero ellos pueden enfurecerse mucho si los confundís, así que solo digamos que era asiático, y a mi los asiáticos mucho no me gustaban, al menos los asociaba con tintorerías y aparatos electrónicos, pero en este caso el chico asiático era tan frágil y tan hermoso que fui corriendo mientras sujetaba mi bikini y le di respiración boca a boca, quería salvar esa cosa hermosa que casi se traga la nieve, yo que aprendí primeros auxilios en las películas, estaba tocando los labios de ese hermoso hombre e intentaba exhalarle algo de vida, y debo haberlo hecho bien porque el muchacho despertó, me miró, sonrió y me agradeció por salvarle la vida, aunque no merecía su agradecimiento porque los verdaderos héroes eran los guardabosques, que estaban parados atrás mío y no hacían más que mirarlo con mala cara, supongo que asocié el término guardabosques con la profesión, pero esas miradas celosas no impiden que se incorpore y me diga
– Hace frío… vayamos a la cabaña
y claro que acepté, todavía lo veía como algo frágil que yo tenía que proteger, e ingresamos en una cabaña que parecía sacada de una propaganda de chocolate suizo y nos tapamos con mantas y nos pusimos junto al fuego, a tomar un chocolate caliente y a mirarnos a los ojos y a reír como dos imbéciles, y está de más decir que en ese momento nos enamoramos, quizá porque él me vio como su heroína, y quizá yo tuve ese síndrome que tienen las enfermeras que se enamoran de sus pacientes, porque yo no encontraba explicación de por qué me gustaba un chico asiático, me avergonzaban esos prejuicios que había tenido toda mi vida, y con la manta encima reemplacé la vergüenza de mi bikini por esa xenofobia que te inculcan en la tele, que te hacen odiar a los japoneses, a los comunistas y a los petroleros, y menos mal que no hay extraterrestres, porque seguro que nadie se sienta a compartir una taza de chocolate caliente con ellos, pero ahí estaba yo, charlando y riéndome de todos sus chistes cuando me empecé a dar cuenta de que todo era un sueño, porque siempre está ese momento en que las dos realidades se funden, el sueño y la vigilia, como cuando ponés la radio-despertador y cuando se activa el que da el pronóstico del tiempo se mete en tu sueño, o cuando la alarma del reloj se te aparece en el sueño como un timbre y querés atender la puerta pero el timbre sigue sonando y no podés pararlo hasta que te despertás y te das cuenta de que los relojes despertadores tienen la desventaja de apagarse cuando estás despierto, pero no me quiero ir por la tangente, está ese momento en que sueño y vigilia se fusionan, y fue en ese momento, cuando me estaba despertando, que me di cuenta de que no volvería a ver nunca más a ese hermoso asiático, y en lugar de preguntarle su nombre le dije algo que sonó muy estúpido, pero que resumía lo que estaba pensando, le dije
– Buscame
y el prometió encontrarme, no sonó como la mejor despedida, pero lo cierto es que desperté con una amargura terrible, en la calidez de mi cama, envuelta en mi frazada, con un frío que había escarchado la ventana, y quise llorar pero me sentí una tonta por llorar por un sueño, y entonces pensé en contártelo porque por ahí hay otra realidad, un lugar al que todos vamos cuando soñamos, y quizá se pueda correr la voz de que lo voy a estar buscando si él me busca, porque un sueño no puede enamorarte, no soy tan idealista como para perseguir una ilusión, yo era terrible en catequesis porque no conseguía que me convencieran de que Dios hizo al mundo en seis días hace cinco mil años cuando encontraban dinosaurios de 60 millones de años, y el cura me miraba y negaba con la cabeza y me llamaba “agnóstica”, que para él era un insulto pero para mí era solo una palabra, y alguien que necesita tocar las paredes de su cuarto, su cama, la puerta, para comprender que eso es realmente suyo y de nadie más, que ese departamento es tuyo con todas las letras, alguien así no puede ir atrás de sueños, por eso creo que hay algo más que sueños, así que decidí hablar de esto y ver si alguien comparte esa idea y ver si puedo encontrarme con ese hombre de cabellos negros y piel dorada, aunque sea una vez más, así nos escapamos de la realidad, de ese lugar frío y solitario que encontramos cada vez que despertamos.

19. Jeremy tiene sangre en sus manos

Jeremy

La policía corría tras él. La gente del pueblo se había sumado a su cacería, ya que las personas prefieren condenar a los demás y demostrar que siempre hay alguien peor, antes que ocuparse de sus propios pecados. Mientras corría, Jeremy intentaba limpiarse la sangre de la cara y de la ropa y no pensar en lo que había pasado. Tenía que quitar esas manchas de sangre que no eran de él y que lo inculpaban.

Entró en el bosque, creyendo ingenuamente que sus cazadores le perderían el rastro. Pero cometió, entre otros, el error de sacarse la ropa delatadora mientras huía, dejando indicios de su ubicación. Estaba desnudo. Recién sintió el frío que hacía cuando vio salir el vapor de su boca. Se escondió detrás de unos arbustos y notó en su cuerpo que la sangre se secaba y se hacía más difícil de quitar. Dejó de pensar y se acurrucó, un poco para protegerse del frío y otro poco para hacerse menos visible.

Las voces de los pueblerinos se escuchaban cada vez más cerca y los ladridos de los perros cada vez más penetrantes. Jeremy comenzó a llorar, y una húmeda nariz le olfateó el hombro. “¡Acá está!”, gritó alguien a su lado. En un instante, todos estaban allí. El pueblo entero, incluida la policía local y la de parajes vecinos, lo rodeaba. Lo habían encontrado. Todos querían un pedazo de él, pero nadie hacía nada. Estaban petrificados, no queriendo comenzar lo inevitable. Entonces, uno, cualquiera, le pateó la cara. La gente se sumó a la golpiza. Jeremy veía cientos de pies ir y venir, cada uno acompañado por un dolor que se agudizaba por el frío. Los pueblerinos se empujaban por golpearlo, algunos se hacían a un lado para dejar a otros sumarse. La sed de sangre nunca fue saciada, y sin embargo comenzó a apaciguarse. Un policía, quizá para disimular su participación, les pidió a todos que se calmaran y agregó que iban a arrestarlo y a hacerle un juicio justo. Entonces la golpiza finalizó.

Jeremy fue declarado culpable de la violación y el asesinato de dos adolescentes, y fue sentenciado a morir por inyección letal. A la espera de su condena recibió un castigo a manos de otros convictos: fue violado todas las noches, hasta que llegó el día de cumplir la sentencia. Segundos antes de que la aguja penetrase su piel, un llamado del gobernador paralizó todo: una nueva prueba de ADN realizada por el gobierno reveló que Jeremy era inocente. Cuando salió libre quiso volver a su casa, pero sus vecinos la habían destruido. Todo había cambiado, nadie en el pueblo podía mirarlo a la cara. No había disculpas valederas para quien había sufrido lo que él. Jeremy decidió mudarse a otro pueblo y comenzar una nueva vida. Gracias a su fuerza de voluntad, pudo dejar atrás el pasado y ser feliz.

Siguió violando y asesinando chicas, pero esta vez de pueblos vecinos. Afortunadamente el gobierno no sabe nada de análisis de ADN.

18. Somnus affinitatem

Portrait of woman in bed sleeping

Hay 17 escenarios diferentes que se pueden llegar a soñar. Deseos reprimidos, traumas infantiles, ecos del día laboral e inseguridad sexual son los principales, pero el resto de las posibles tramas que nuestro subconsciente arma alrededor nuestro son menos de 20.
El hecho de que el cerebro tenga problemas para recordar lo que soñamos hace que muchas personas pierdan ese registro e imaginen que hay infinidad de variantes, pero este fue el resultado del estudio realizado en 1984 en la Universidad de Ohio. También se estableció un patrón de construcciones subconscientes, luego de que los estudios arrojaran que una persona cada 100 podía llegar a soñar exactamente lo mismo que otra. En los casos donde se las lograba despertar antes de salir de la fase MOR, estas parejas aparentemente inconexas describían la misma situación, encadenando escenarios y personajes exactamente de la misma manera.

Las aplicaciones para este descubrimiento prometían convertirse en un apoyo psicológico para muchos pacientes con diagnóstico de depresión o síndromes de trastorno de ansiedad, ya que al hallar a un par que tuviese un “somnus affinitatem“, se podía llegar a un análisis más detallado de la psiquis.

Alfredo era gasista. Poco entendía de psicología, y era una persona sencilla a la que poco le interesaba lo que soñaba. Probablemente porque dormía poco, y cada mañana se levantaba 4:30 para viajar 2 horas en colectivo hasta la Central. Parado todo el trayecto, era imposible dormir un poco más.

Ya con la camioneta del trabajo, recorría las zonas 14 a 31 del cordón metropolitano para desinstalar los medidores de gas de los usuarios que tuviesen más de 90 días de mora. Le fastidiaba hacerlo en verano, al rayo del sol, pero mucho más cuando en la planilla veía que era por deudas menores a los 100 pesos.

Ese martes de febrero, Alfredo quitó el medidor del departamento 7, en un edificio de la calle Albareños, y se dio cuenta de que había terminado temprano. Con el sonido de las chicharras de fondo y a la sombra de un árbol, se sentó en el asiento de la camioneta y se quedó dormido.

Soñó que su padre lo retaba por haberse hecho pis en la cama y le daba una paliza con el cinto. Él era una nena con un camisón rosado y levantaba sus manos para protegerse. La hebilla le cortó los brazos. No le dolía, pero la sangre le hizo entrar en pánico. Gritaba pero sin hacer ruido.

Se despertó cuando un anciano le golpeó la ventanilla, pidiéndole que le devolviera el medidor. Se negó y le mostró la planilla donde se dejaba constancia de una deuda de $104 desde noviembre. El viejito argumentaba que su departamento era el G, pero no el 7. Alfredo sabía cómo terminaban esas discusiones (no terminaban), así que se subió a su camioneta y volvió a la central.

Una semana más tarde, a riesgo de perder su trabajo, Alfredo volvió al edificio de Albareños a reinstalar el medidor del departamento 7, que correspondía a la unidad H y no a la G como él había supuesto. Tocó timbre para pedirle disculpas al viejito, pero nunca respondió.

Esta vez estaba nublado y soplaba un viento muy agradable, así que como tantas otras veces, se subió a la camioneta de la empresa y se tiró a dormir unos minutos. Tuvo nuevamente aquel sueño donde era una niña que se hacía pis en la cama y su padre la castigaba salvajemente. La diferencia es que ahora sabía que era un sueño. Quiso tantear algo en la mesita de luz que lo despertara. El reloj. Prender el control remoto de la tele. Ver si Manchita ladraba. Sabía que sacudía los brazos, casi podía sentir la pesadez de las sábanas, aunque también entendía que podía estar soñando también eso. Finalmente escuchó unos vidrios que se rompían, que en el sueño era de un cuadro que estallaba en mil pedazos luego de que su padre le diera por accidente con la hebilla del cinto. Esta vez sí sintió dolor en el brazo, un calor que le bajaba desde la mano hasta el codo y Manchita que ladraba sin parar.

Alfredo despertó por los ladridos. No estaba junto a una ventana, en una habitación con una mesita de luz. Estaba sentado frente al volante de una Ford. Se miró el brazo y lo tenía perfecto. Miró hacia el edificio de Albareños, en la ventana del que supuso era el departamento G. La ventana estaba estallada y de adentro se oía a un perro ladrar frenéticamente. Puso el motor en marcha y volvió a la Central.

17. El perro de vidrio

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El ingeniero Kim Thompson no era una mujer, como muchos intuían al escuchar su nombre por primera vez. Tampoco era coreano, como supuso una pasante que tuvo el inmenso honor de ser elegida para trabajar un semestre con él. Simplemente era una persona muy dedicada a la que le gustaba saber cómo funcionaban las cosas y replicarlas.
Nos hicimos amigos en la Patagonia, corriendo un ultra trail. Yo había abandonado en el kilómetro 93 porque simplemente no podía subir el Cerro Quilanlahue, así que tomé un atajo y me senté a descansar en el puesto de control. Kim llegó absolutamente destruido, arrastrándose, y le dije que la próxima tendríamos mejor suerte. “No pienso abandonar, amigo”, me respondió con una sonrisa forzada. Le invité un poco de chocolate, y no me pregunten por qué, terminé acompañándolo los 27 kilómetros restantes. Así era Kim, su entusiasmo te contagiaba y terminabas siguiéndolo. Incluso en una carrera de montaña donde oficialmente estabas descalificado.

Técnicamente era un programador informático devenido en ingeniero, aunque en las últimas décadas se especializó en inteligencia artificial. La base de esta ciencia es que no se puede tener la misma respuesta ante un estímulo. Si se le pregunta a una computadora cuánto es dos más dos, siempre va a responder cuatro. Nosotros generalmente responderíamos lo mismo, pero alguna vez por diversión podríamos llegar a decir cinco.
Aunque cuando dicen inteligencia artificial solemos pensar en algo que se asemeje a los seres humanos, Kim trabajaba en animales autómatas. Soñaba con construir hormigas o alguna clase de enjambre de insectos, pero la tecnología impedía poder hacer algo tan pequeño y funcional. Por eso trabajaba en animales domésticos. Mi especialidad es la traumatología, y solo nos unía tener títulos universitarios y, de vez en cuando, correr carreras de aventura. Pero a él le interesaba mi opinión de persona promedio, por lo que cada tantos meses me invitaba a su casa para que testeara su nuevo proyecto.

Aquel miércoles me senté en su sillón a esperar a otro autómata. El juego era interactuar y luego distinguir si se trataba de un animal real o no. Siempre lograba notar la diferencia. Pero esta vez la experiencia fue muy diferente.

Kim se apareció con lo que solo podría describir como un perro de vidrio. Respiraba, con la lengua colgando de su trompa, y estaba con su mirada atenta a mí. En verdad no era de vidrio, sino de un polímero verdoso que lo hacía más transparente. Kim solía decir que la primera iMac con la carcasa transparente había sido una idea suya que Steve Jobs se adjudicaba como propia. Le gustaba ver cómo funcionaban las cosas, y le parecía fascinante poder ver a una computadora por dentro. Mientras que en sus proyectos anteriores se esmeraba por imitar el pelaje y el brillo de los ojos de un animal, ahora lo había hecho transparente.

Lo sorprendente era que este perro, de tamaño mediano, parecido a un ovejero alemán, respiraba. Se movía como si fuera real. Antes de poder terminar de procesar lo que estaba viendo, corrió hacia mí y dio un salto, para apoyar su cabeza en mi regazo. Comencé a acariciarlo, se sentía cálido al tacto.

Le dije a Kim que era algo asombroso. Reaccionaba como un perro… ¡se sentía como un perro! Empecé a hablar incontrolablemente. “¿Te imaginas las implicancias de un perro que no se enferma, que no te estropea los sillones, que no tiene pulgas… ¡que no hace caca en cualquier parte!”, solté en algún momento. Claro que Kim se lo imaginaba. Una mascota absolutamente programable, que sea respetuosa de las visitas. Que no destroce los muebles ni haga pozos por todo el jardín.

Y mientras pensaba en las consecuencias de una mascota efectivamente obediente, el perro me mordió el brazo. No demasiado fuerte como para lastimarme, pero imaginaba sus dientes de vidrio rasgándome la piel y me asusté bastante. Kim enrolló un diario y le pegó en un costado mientras le gritaba y lo insultaba. El perro me soltó y desapareció atrás del sillón, con el rabo entre las patas.

“¿Qué es esta locura?”, le pregunté, exaltado. “¿Cuál es la gracia de un perro que muerde a las personas?”. Kim estaba apenado, pero noté un dejo de orgullo en su rostro. “Si no hiciera lo que quisiera”, respondió, “no sería un perro”.

Esto ocurrió hace 20 años. Supongo que por respeto dejó de invitarme a testear sus experimentos. Pero todavía corremos juntos, y lo visito bastante a menudo. Y todavía me aterra ese maldito perro de vidrio.

16. El pez guerrero

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El Quimilo Pazioca era un pez legendario que habitaba en el lago junto a las salinas de Catamarca. Los Diaguitas los veneraban porque su carne brillante de color gris verdoso generaba instantes de furia en los guerreros, quienes se volvían invencibles. Creían que el espíritu del Quimilo, un pez carnívoro y muy territorial, les transmitía su fuerza y gobernaba sus impulsos. Algunos hombres terminaban absolutamente poseídos, al punto de morir tras intentar respirar bajo las oscuras aguas del lago.

Antes de conquistar a los Diaguitas, el inca Túpac Yupanqui mandó a matar a todos los Quimilos Paziocas, excepto un cardumen de 33 peces que se llevó consigo a Bolivia y de los que jamás se volvió a saber.


Ilustración de Julieta Levin

15. El origen del hombre

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Cayó una inmensa bola de fuego. Cuando golpeó la tierra se opacó el cielo. Al poco tiempo escaseó la comida, cambió bruscamente el clima y los grandes animales murieron. Los pequeños se escondieron en hoyos, saliendo solo para comer. Vivieron en constante terror, convencidos de que, tarde o temprano, les llegaría su hora. Ese sentimiento sobrevivió: aún persiste en toda su descendencia.

14. El amor

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Cuando la conoció, la quiso con locura. Nunca volvió a ser libre, ya no importó si ella lo correspondía o no. ¿Estuvieron juntos? ¿Estuvieron separados? Ciertamente poco importa: fue sumiso hasta el último día de su vida. No se había enamorado de ella, sino del amor.

13. Mi casa

Desde hace algún tiempo que mi casa está herida. La escucho quejarse por las noches en un lamento de agonía. En la cocina se desangra por la canilla y ningún médico ni plomero ha sabido curarla. Ha perdido el brillo, ya no sonríe cuando regreso, y traba la llave cada vez que me quiero ir. Busca hacerme sentir culpable y necesitado. Creo que va siendo hora de mudarme.