32. Pluviofobia

Serious Hispanic teenager looking out window

No había motivos lógicos por los cuales Bernadette odiara el agua. Se desesperaba cada vez que la lluvia se metía entre sus ropas, sin recordar desde cuándo le pasaba. También le resultaba muy desagradable cuando piletas y bañaderas arrugaban la yema de sus dedos, convirtiéndola en una anciana.

De chiquita hacía un escándalo cuando su mamá le lavaba la cara. Cuando la obligaban a bañarse, dejaba la ducha corriendo para sentarse unos minutos en el inodoro a pensar. Con mucho esfuerzo se mojaba el pelo, así los grandes pensaban que era una niña normal.
Pero Bernadatte no era una persona sucia. Tomaba una ducha todas las mañanas, en una conmovedora muestra de valentía. También lavaba los platos después de cada comida, cuando además bebía parte de sus dos litros diarios de líquido. Pero en algo no cedía: jamás se permitía llorar. No es lo mismo lo que viene de afuera que el agua que intenta abandonar su cuerpo. La tranquilizaba saber que eso era lo único que tenía bajo control.

31. El misterio de Ofelia

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—Buenas tardes, ¿cómo le va?
—Qué tal, Ortega. ¿Su fin de semana?
—Bien, gracias. Se me hizo corto.
—Ni me lo diga. ¿Trajo las cartas?
—Sí. Solo encontramos cuatro, pero creemos que había más. Posiblemente Juan Carlos Roncaglia le escribía a Ofelia con mucha frecuencia.
—Seguro las primeras las tiró. ¿Cómo es esto? Me gustaría leerlas en orden.
—Sí, por supuesto. Empieza con esta, que él le mandó a principios de año.

Buenos Aires, 18 de marzo de 1937.

Querida Ofelia: Espero que no le importune que la contacte. Me divido entre respetar su decisión y hacer escuchar a mi corazón.

Entiendo que no me considere un buen partido, ¿qué le puede dar un simple empleado de comercio? Sin embargo, sé que el Espíritu Santo nos cruzó. Doy gracias a Dios por haber podido rozar sus mejillas con mis torpes labios.

Hay mañanas en que despierto sin recordar qué soñé. Son los únicos días en que puedo levantarme de la cama y hacer algo de mi vida, porque el resto de los días sueño con usted. Sufro horrores por que no esté a mi lado al despertar.

Anoche soñé con usted. Estaba en Rivadavia, cerca de donde nos conocimos. La vi pasar en el tranvía. La corrí, mas no podía alcanzarla. Me subí a un auto que pude hacer andar, aceleré a toda marcha, pero la gente bajaba a la calle y me lo impedía. Les gritaba que se corriesen, les tocaba bocina… pero nada. Usted se perdía en el horizonte; yo no podía más que llorar su falta.

Cuando me desperté, tenía toda la cara empapada. Supe que otra vez no iba a poder ir al trabajo. Me reporté enfermo y me quedé en casa, escribiendo esta carta. Mientras lo hago, pienso si dejarla furtivamente en la ventana de su departamento o en la recepción del Hospital. Pensar en llevarla al correo para que tarde tres días es una agonía, aunque también me parece maravilloso cuando se aparece el cartero con novedades para nosotros. Llegué a pensar en atarla a un globo, dejando que el destino, el mismo que nos cruzó, le haga llegar este tonto intento de tener otra oportunidad. Me daría mucha vergüenza que otro la leyera, sin embargo dicen que cuando amas a algo tienes que dejarlo libre, así que quizá me tenga que encomendar a la Virgen para que los vientos le acerquen este montón de papel y tinta.

En una semana es el Día de la Novia. Espero que en ese entonces festejemos juntos nuestra unión.

Eternamente suyo,
Juan Carlos

—Hasta ahí, lo de siempre. La trata con respeto.
—En realidad, le escribe con respeto. ¿No cree que sabía que después otras personas iban a leer la carta?
—Sin dudas. Sigue la respuesta de ella.

Buenos Aires, 23 de marzo de 1937.

Juan Carlos: Realmente no sé cómo hacerle entender esto, espero que dejarlo por escrito ayude.

Lo primero que voy a decirle es que deje de acosarme. No puedo ir sola a mi casa o al trabajo porque me da pánico que se aparezca detrás de un árbol. Imagine cómo me sentiría si encuentro  una carta suya en mi ventana, ¡no me siento segura en ningún lado! No sé cómo hizo este globo para llegar tan rápido a mis manos, pero fue una sorpresa muy desagradable. Ni siquiera puedo ir a la policía a denunciarlo.

El destino no nos cruzó, ni el Espíritu Santo, ni nada. Usted vino con su esposa al hospital por una cesárea programada. ¿Qué pensaría ella si le mostrara su carta?

También soñé con usted. Estaba en Rivadavia, cerca del hospital y cuando lo vi me subí al tranvía para escaparme. No se imagina el terror que sentí cuando vi que empezaba a correr, gritando como un loco. Después golpeó a un conductor y le robó el auto. Yo le pedía a la gente que pasaba que lo detuviera y usted los atropellaba, los escupía, les gritaba. Era desesperante.

Me desperté llorando, pidiendo a gritos que me dejara en paz. Mi marido quiere saber quién es ese Juan Carlos que me acecha en sueños.

Por favor, no me escriba nunca más.

Ofelia

—Perfecto, en esta lo rechaza. Lo que no me queda claro es la parte del sueño… ¿Soñaron con lo mismo?
—Me parece que está siendo irónica. Igual la que sigue lo va a sorprender.

Buenos Aires, 28 de marzo de 1937.

Querida Ofelia: De acuerdo, entiendo la situación en la que la estoy poniendo. Le pido disculpas porque no fui exactamente sincero con usted. Sí, estoy obsesionado, añoro tenerla en mis brazos, pero hay algo más.

El año pasado empecé a notar un comportamiento errático en mi señora esposa. La notaba distraída, torpe. Hacía la comida a las apuradas cuando, no se demoraba demasiado con las compras. Me propuse averiguar qué la entretenía más que su marido. Lo que descubrí no le va a gustar.

En el último carnaval me dijo que se iba a quedar a dormir en lo de sus sobrinos porque tenía que cuidarlos. Algo me olía rancio, así que la seguí hasta el corso de Corrientes. Entró en el bar que está en la calle Montevideo para salir unos minutos después, totalmente irreconocible… excepto por mí, su propio esposo. Vestía un disfraz de diablo con capa, cuernos, hasta un tridente rojo. En la comparsa se encontró con un ángel rengo. ¿Ya se imagina cómo termina esta historia?

Estuvo toda la noche del brazo de ese hombre. Se reían, quizá de nosotros. Ella subió su capa para taparse mientras él la besaba. Cuando los festejos terminaron, seguí al rengo hasta la avenida Rivadavia, donde se encontró con usted. Todavía recuerdo cómo me impactó su belleza. Todavía estaba disfrazado, así que pensé: “un ángel buscando a un ángel”.

Yo elegí la vida de casado. Prometí cuidar a mi mujer hasta que la muerte nos separe. Usted también, ante Dios, se unió con ese atorrante. Creo que merecemos escapar de nuestros matrimonios llenos de mentiras, aunque sea por un instante. Si no siente amor por mí, al menos sienta despecho y ganas de vengarse del rengo. Se merece algo mejor, es lo único que le estoy ofreciendo.

Espero su respuesta, aunque sea la última carta que me escriba en toda su vida.

Eternamente suyo,
Juan Carlos

—Ufff… la trama se complica.
—Todavía falta la respuesta de Ofelia. Seis meses después, casualmente cuando el caso llegó a los medios y la Federal empezó a sentir la presión.

Buenos Aires, 19 de septiembre de 1937.

Juan Carlos: Anoche soñé con usted. Estaba en el tranvía de Rivadavia, cerca del hospital. Yo corría pero no podía alcanzarlo. Entonces activó el freno de emergencia con los ojos llenos de lágrimas. Nos fundimos en un apasionado beso.

Espero que no le moleste que le escriba después de todo lo que pasó. Es raro no volver a saber de usted, no recibir sus cartas, no sentir que va a aparecerse a la vuelta de la esquina. Reconozco que me sentía tentada por sus insinuaciones, pero decidí mantenerme al lado de mi marido. Después de descubrir sus infidelidades, me hundí en mi trabajo. No quería estar en casa. Por supuesto, eso solo hizo que ellos dos se vieran con más frecuencia.

Es gracioso, pero conocí a mi esposo por culpa del tranvía. Hace seis años intentó bajar del coche en movimiento. Tuvo tanta mala suerte que se enganchó el botón del piloto en la puerta y terminó cruzado en las vías. Llegó a la guardia ya sin su pierna izquierda. Me dio tanta pena que me quedé a su lado, atendiendo sus heridas. Rezaba mucho por él. Casi no nos separamos un momento.

Venía a visitarlo mucho una amiga que odiaba. No me dirigía la palabra. Cuando dejaba la habitación la escuchaba hablar mal de mí. Antes de que le dieran el alta ya nos habíamos puesto de novios, así que le pedí que dejara de verla. Era ella o yo. Seis años después descubro que esa mujer está casada y que su marido es Juan Carlos, el hombre que me pretende en secreto. Es probable que nunca hayan dejado de verse.

Quise matarlos. Pensé en arrojarlos a las vías. Incluso tirarme yo y perder las dos piernas, para que él sepa lo que es convivir con un lisiado. Pero decidí huir. No hacia sus brazos y esos besos con los que ambos hemos soñado, sino en el sentido opuesto. Quise terminar sola porque se merece algo mejor que yo. No tengo pasta de víctima ni de victimaria.

Podemos seguir escribiéndonos. Quizá ser amantes en sueños. Cuando duermo vivo otras vidas en las cuales tomo decisiones diferentes, elijo otras compañías y junto el coraje para empujar al rengo bajo las ruedas del tranvía.

Eternamente suya,
Ofelia

—Ella le escribe exiliada. Una respuesta muy conveniente… para él.
—Sí. En principio encontré sospechoso que toda la correspondencia estuviese en poder de Buscaglia. ¿Cómo hizo para recuperar las cartas que él le había enviado?
—¿Sabemos si es realmente la letra de Ofelia?
—Si me pregunta a mí parecen dos letras completamente distintas. Igual él podría haberlas escrito.
—Solo tenía que meter el sobre en el buzón del correo.
—Para después esperar a que la policía golpeara su puerta.
—Pero nadie golpeó. Pasó inadvertido. Una mujer desaparecida, un marido rengo que la buscó hasta abajo de las piedras, Buscaglia con cuatro cartas que se llevó, literalmente, a la tumba.
—Sí, es el único muerto en esta historia. Pero el misterio se termina cuando llegue el grafólogo. ¿Dónde anda?
—Creo que está en al puerta. Ahí lo hago subir.

30. El pequeño rey

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Baricus fue el monarca más joven de la historia. El rey de Phlegethon, espantado ante las responsabilidades de la paternidad y la corona, abdicó a favor de él —una forma elegante de decir que un día, cuando todos despertaron, él se había escapado—. A la dulce edad de cinco días, ante la ausencia de hermanos, primos y tíos de cualquier grado, Baricus fue coronado amo y señor de la tierra firme, de las islas de los mares y de los océanos, duque de Cyrek, conde de Thersites, Marqués de Bazyli, sumo sacerdote de los demetrios, capitán general de las fuerzas armadas y caudillo de la distinguida orden de los soterios.

El consejo de guerra no podía tomar decisiones sin la aprobación de su comandante en jefe. Cada día le llevaban los mapas de los teatros de operaciones para consultarle si atacaban al enemigo, pero Baricus apenas podía mantenerse despierto después de tomar el pecho. Decidieron crear entonces unos diminutos muñecos movidos por hilos —antecedente de las actuales marionetas— que representaban los conflictos, para así probar diferentes cursos de acción. Si el rey lloraba, se dejaba la idea de lado. Si reía, la estrategia estaba decidida.

Excepto una incursión en Zipango, que fue un rotundo fracaso, Baricus fue conocido como un rey astuto, justo, compasivo, que unió a los Contos con los Galanos y, en una decisión que sorprendió a todos, tuvo la sabia idea de mudar la capital a Diomedas.

Gobernó hasta los seis años, edad en la que abdicó a favor de una democracia representada en el antiguo consejo de guerra, conocido ahora como la compañía teatral de Phlegethon.

29. La promesa

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Les había jurado que iba a bailar sobre sus tumbas, pero no tuve suerte y solo pude festejar la muerte de unos pocos. Ahora que la enfermedad me había paralizado empezaban a desfilar todos, para despedirse o para asegurarse de que esta vez me moría de verdad.
No les importó venir haciendo un escándalo, a las carcajadas y rechinando las zapatillas en los pasillos. Bajaron con delicadeza el picaporte y entraron en silencio. Algunos miraban al piso; otros, a su celular. Coparon toda la habitación y hasta se sentaron en la camilla de al lado.
—Te trajimos un regalo —dijo Mariana, y con eso rompió mi preciado silencio.
—Supongo que son zapatillas —ironicé. Mi cerebro mandó la señal a los labios para que se moviesen y transformaran el aire de mis pulmones en sonido—. También imagino que creen que esta es su casa, que pueden poner los pies en las sábanas limpias y venir a respirar este aire antiséptico. ¡Mi aire! —continué, solo que nunca emití sonido alguno. La única parte de mi cuerpo sobre la que tenía control eran mis ojos, que iban y venían. La máquina que estaba a mi izquierda era la que inflaba y desinflaba mis pulmones, la de la derecha filtraba mi sangre y la devolvía a mis venas. Mis padres pagaban mil doscientos dólares por día para mantenerme con vida. Pasar mi cumpleaños y llegar a Navidad significaban veintiocho mil ochocientos dólares. Treinta y siete mil doscientos para Año Nuevo.
—Te hicimos una película. Compilamos tus carreras. Está el Desafío de Ushuaia, la Cumbre del Lanín y la maratón de Mar del Plata —prosiguió Mariana.
—¡Se dice EL maratón! —quise gritar. Yo hacía cuentas. Casi cien mil dólares para el otoño. ¿Y de qué me servía el video? Seguro estaba horriblemente mal editado. ¿Sabían que los entendía? ¿Que escuchaba sus susurros sobre lo mal que olía? No podía mover la nariz pero sí oler. Sabía que apestaba.
Pusieron el video al máximo volumen. Todos miraban la pantalla mientras yo pestañeaba fuerte, sin éxito, para pedirles que se fueran. Y entonces la vi: una chica hermosa, de cabello negro y largo. La única que realmente me prestaba atención.
—Soy tu enfermedad —se presentó dulcemente—. Todavía no puedo quitarte la vida; traté, y tu resentimiento me lo impide. Pero te puedo dar paz —sentenció. Lo primero en irse fue ese olor espantoso. Después el volumen de la televisión bajó hasta quedarse muda y de a poquito las luces se fueron apagando, incluso la del sol en la ventana. Lo último en desaparecer fue la sensación de las sábanas tocando mis manos y aplastando mis pies.
Desde ese día soy finalmente libre. Imagino sus tumbas, una nueva cada día, y yo bailando sobre ellas. Mis padres aún cumplen su promesa: mil doscientos dólares por día hasta que yo sea el último de todos.

28. Algo se rompe

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Mamá no llora.
Sí, ahora está llorando, pero ella nunca llora.
¿Qué le pasa? Algo grave, seguro. ¿Se enfermó la abuela? ¿Se peleó con una de sus amigas? ¿Se golpeó?
Cuando vuelva papá de trabajar le tengo que contar. Ahora prefiero que no nos vea, no sabe que desde acá la escuchamos.  Qué vergüenza, seguro que todos los vecinos también la escuchan.
Yo no sé qué decirle. En una de esas se le pasa sola y papá nunca se entera. Pero ahora nosotros sabemos que mamá lloró. Él tiene que saber.
Capaz que si nos quedamos acá, quietitos, ella deja de llorar. Como cuando nos caemos y ella dice: “No pasó nada”.
Porque ahora… tampoco… pasó nada.
Mamá no llora. No sé qué está haciendo, pero no está gritando y sonándose los mocos. Es otra cosa.
Los grandes no lloran. Y si lloran… ¿Cómo seguimos?

27. La espera final

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Anoche soñé con el fin del mundo. Era un asteroide, imposible de detener. Las misiones para volarlo antes de que llegara a la Tierra habían fracasado, y solo restaba esperar. El hueco en la capa de ozono favorecía que no se desintegrara al ingresar a la atmósfera. Los especialistas imaginaban que íbamos a tener un mundo estéril, con tantos cráteres como la luna.

La gente intentaba seguir su vida con normalidad. Algunos locales abrían, el transporte público seguía intentando mantener un horario, pero las calles estaban casi desiertas. No había televisión, ni radio. La gran mayoría de las personas estaba pasando sus últimos momentos con sus seres queridos. Yo, en cambio, caminaba por las calles, esperando el momento del impacto.

A lo lejos pude ver un estallido inmenso y silencioso. Una nube incandescente se levantó en el horizonte. Era aterrador y a la vez imposible dejar de mirarlo.

Mucha gente se estaba suicidando, y empecé a considerar si no era una buena idea ganarle de mano al cataclismo. Pero era algo que solo consideraba para mis adentros. No me animaba a hablarlo con nadie.

Como, a duras penas, intentábamos seguir con nuestra vida, por la noche me fui a dormir, con el deseo secreto de que todo acabara antes de despertar. Pero a la mañana siguiente seguíamos ahí. Habíamos vivido un día más de lo que creíamos. No había planes ni mucho para hacer, porque se suponía que todo ya tenía que haber acabado.

Había un sol radiante, pero no hacía calor. Nunca antes había contemplado mi muerte. ¿Así era como me iba a ir? ¿Por un capricho del cosmos? Comencé a preguntarme cómo iba a ser, si algo inmediato o si iba a sufrir. También si eso iba a ser el final de todo, o si después de morir iba a ocurrir algo más. Luz, tinieblas, o algo. Estaba contemplando que iba a confirmar una de las mayores dudas en la vida del hombre.

En medio de ese torbellino de pensamientos deseé que todo fuera un sueño, que no estuviésemos pasando por la angustia de vivir tiempo de prestado. Y aunque tenía la certeza de que eso era real y de que el fin iba a ocurrir en lo inmediato, abrí los ojos y me encontré en mi cama, con el mundo todavía girando y prosperando con normalidad. Me froté los ojos y me incorporé. Sentí el inmenso alivio de haber sobrevivido.

26. El maratonista de las alpargatas

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Cuando Sergio “El Puma” Villalba ganó su primera carrera en alpargatas, no existía Internet. De hecho, ni siquiera se había inventado la televisión. Fue en el ’37, en su Tandil natal, donde le sacó una modesta ventaja al segundo puesto. Nadie lo había oído nombrar, pero su foto con ese precario calzado recorrió los diarios de todo el país.

Dicen que el Puma Villalba trabajaba desde muy temprano en la panadería “La Piedra Movediza”, y que salía a entrenar a las 4 de la mañana. Todavía tenía energía para bañarse, organizar los primeros pedidos, y repartir el pan corriendo. Se habría organizado un sistema para finalizar las entregas más grandes y más lejanas al principio (restaurantes, otras panaderías), dejando los tramos más largos y livianos al final (almacenes chicos y kioscos). Esto le habría permitido entrenar cambios de ritmo, acelerando el paso conforme pasaban las horas. Muchos aseguran que inventó esta técnica para fortalecer su corazón, mientras que otros aseguran que se la copió al checoslovaco Emil Zatopek, su eterno rival.

Ha circulado, primero en fotocopias y luego en cadenas de mails, sus “11 consejos para triunfar en el maratón”, que supuestamente escribió para sus alumnos del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo y en el que explica, en forma breve, por qué eligió siempre correr en alpargatas. Cuando un periodista de El Eco de Tandil quiso rastrear el manuscrito original, en el aniversario de su muerte, se encontró con que no existen registros de que el Puma Villalba haya dado clases en el CeNARD. De hecho, nadie sabe de dónde salió ese texto.

Sabemos que El Puma Villalba existió, que ganó una carrera en alpargatas –de 5 kilómetros, no de 42 como dice la leyenda–, y no mucho más. El resto es bastante confuso y contradictorio. Al parecer nunca corrió con Zatopek, y los que recurren a las fotos de archivo para comprobarlo, lo están confundiendo con Juan Carlos Zabala.
No sabemos en qué momento la figura del Puma Villalba se disparó sin control hasta convertirse en el atleta argentino más popular después de Maradona. Todos los 17 de octubre alguien comparte la foto de su llegada a la meta, donde Perón lo recibe de brazos abiertos. A veces es en 1952, en Córdoba, y otras en el ’48, en Tandil. Muchos internautas encontraron pruebas de que se trata de un fotomontaje, pero cada año más personas alimentan al mito.

El Puma Villalba participó en las maratones más importantes del mundo, como la de Atenas, Nueva York, Berlín y México DF, incluso cuando estas se corrían el mismo día, en diferentes continentes. A veces gana con un pie fracturado, en otras corre después de estar tres días sin dormir, y hasta hay versiones de que detiene un asalto a plena luz del día. Con 67 años, habría participado de la primera Maratona do Rio, donde perdió la punta por detenerse a tomar una Coca Cola en uno de los puestitos de Ipanema.

En el día del animal, Pinterest se inunda con su cita “Mientras más conozco a la gente, más quiero a mi perro”, aunque también se le atribuya esta frase a George Bernard Shaw y a Adolf Hitler. Cada año, gente con conocimiento rudimentario del Photoshop coloca su cara sobre un fondo negro, y con gruesas letras blancas le adjudica citas ingeniosas y motivadoras que jamás pronunció.

Ante la presión de los vecinos de Tandil, en el centenario de su nacimiento (que podría haber sido un 4 de octubre o un 10 de abril), un perplejo intendente no tuvo más opción que mandar a hacer un busto en su honor e inaugurarlo en la Plaza Independencia. En una imponente placa de bronce se detalla su desempeño en carreras a las que no sabemos si fue, al igual que los trayectos que hacía a pie para entregar el pan a todo el barrio. Tampoco existen registros de que la panadería “La Piedra Movediza” haya existido, pero la dirigencia política consideró más importante seguir la corriente y evitar que el mito los pasara por arriba.

25. Vida en Marte

Vida en Marte

El ingeniero Álvaro Tapia tuvo la idea mientras tomaba una cerveza en un bar en Cabo Cañaveral. Hacía cinco años que había obtenido su beca para trabajar en la NASA y se había mudado a los Estados Unidos desde su Lanús natal. Su trabajo era tan ridículo como excitante: la búsqueda de vida en otros planetas. Con sus compañeros estudiaban rocas de Marte para identificar rastros fósiles de microorganismos, gases, o rastros de erosión pluvial. Todos ellos coincidían con que la presencia de agua era esencial para la existencia de vida. Todos los demás ingredientes ya existían en Marte.

Su teoría, en un principio, fue muy resistida y considerada impracticable. La misma actitud, les respondía, tienen quienes no se preocupan por el efecto invernadero porque era el problema de las generaciones futuras. Pero su insistencia, finalmente, dio sus frutos.

La misión Viking XXIII fue la primera en trasladar agua a Marte. No precisamente el líquido, ya que los países menos desarrollados de la Tierra merecían agua potable mucho más que un planeta estéril.

Lo que llevaron hasta el planeta rojo fue oxígeno e hidrógeno, que se combinaban para llegar en forma de líquido. Cada año se acumulaban más y más litros. Primero se llenó el Canal Sagan, desde donde dejaron que la topografía decidiera cómo se iba a abrir paso el agua. De noche se congelaba, de día se derretía, y gran parte se evaporaba. Fueron décadas de misiones exitosas donde, metro a metro, Marte se llenaba de agua.

Y eso fue todo. Tapia no vio los resultados de su experimento. Nadie en la Tierra, al menos, lo vería por mucho tiempo. Habría que esperar millones de años para que el agua se estableciera y que la misma chispa que inició la vida en nuestro planeta lo hiciera en Marte. Los ingredientes ya estaban ahí, y quizá, dentro de miles de millones de años, las nuevas formas de vida marcianas se pregunten cómo fue que se inició la vida en su planeta.

24. Dimongo es olvido

Dimongo

Si te amaron en la vida, tu alma partirá al Cielo. Si te temieron, irás al Infierno. Esos son tus dos destinos al partir, pero no son los definitivos. Cuando la historia olvide tu nombre, irás al lugar donde pasarás el resto de la eternidad: el Purgatorio.

Solo unos pocos trascienden y logran evitar el olvido. Tenemos a personajes como Ghandi, quienes tras su muerte siguen siendo recordados con un generalizado afecto, mientras que a otros, como por ejemplo Hitler o Goebbels, les tocará el infierno de un mayoritario desprecio.

Aunque lo anterior es sabido por todos, probablemente no recuerdes a Dimongo, señor del Purgatorio y tercera esquina en la trinidad del Más Allá. Él carece de la capacidad de generar milagros y rara vez se manifiesta en la Tierra. Contrario a lo que podríamos creer, no te quiere en su reino y te ofrecerá una oportunidad de escapar. Poco le importa si terminas en el Cielo o el Infierno, siempre y cuando hagas lugar a las próximas almas que inevitablemente van a entrar al Purgatorio. Para que abandones su limbo te ofrecerá reencarnar en una nueva vida, donde tendrás la oportunidad de hacer algo trascendente, bueno o malo, que incline la balanza cósmica. En lo inconmensurable de la eternidad significa escapar unos instantes del océano del olvido.

En las pocas representaciones que existen, Dimongo tiene características de pez (escamas en su piel, ojos grandes y redondos, manos y pies palmeados), y se dice que el Domingo se llama así en su honor.

23. Las buenas noches

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Cuando mamá todavía trabajaba, hace más de 30 años, venía a mi pieza a darme el beso de las buenas noches. Yo cenaba con mis hermanos y ella y papá llegaban de la oficina mucho después, cuando yo estaba acostado. Dormía en una cama cucheta, en la de abajo, y ella prendía la luz y yo me tiraba a un costado para que no me encandilara los ojos.

Todavía me acuerdo de su perfume, sus labios pintados de rojo, sus manos y nariz frías, y los pelitos de su tapado haciéndome cosquillas en la cara cuando me abrazaba.
Una noche llegó hasta la puerta, prendió la luz y me preguntó si podía pasar. Se arrodilló a mi lado y me empezó a hablar. Quería saber qué había hecho en el día, que no podía ser otra cosa que ir a la escuela, jugar a los muñequitos y ver la tele mientras tomaba una chocolatada con vainillas.

Y mientras le describía mi vida de niño y ella me miraba con mucha atención, la cama dio un salto. Recuerdo la sacudida, mi cuerpito saltando y aterrizando nuevamente en el colchón. Mamá abrió los ojos, dijo “¡uuuh!” y después rió. Yo me quedé petrificado, aterrado, imaginando qué (o quién), debajo de mi cama, la había hecho saltar. Ella empezó a hablar, como si nada hubiese ocurrido.

Yo era un niño y no cuestionaba a los adultos. Si mamá hacía como que no había pasado nada, yo debía hacer lo mismo. Nunca sacó el tema, y yo tampoco. Hoy soy un adulto y no sé si quiero saber por qué mi cama saltó por los aires.

Lo que verdaderamente me angustia es que llegue el día en que yo sea el padre que va a darle el beso de las buenas noches a sus hijos, que y ocurra algo espantoso como que su cama cobre vida. Ahí voy a estar obligado, como mamá, a hacer de cuenta que eso es algo divertido y que no hay nada para preocuparse.