32. Pluviofobia

Serious Hispanic teenager looking out window

No había motivos lógicos por los cuales Bernadette odiara el agua. Se desesperaba cada vez que la lluvia se metía entre sus ropas, sin recordar desde cuándo le pasaba. También le resultaba muy desagradable cuando piletas y bañaderas arrugaban la yema de sus dedos, convirtiéndola en una anciana.

De chiquita hacía un escándalo cuando su mamá le lavaba la cara. Cuando la obligaban a bañarse, dejaba la ducha corriendo para sentarse unos minutos en el inodoro a pensar. Con mucho esfuerzo se mojaba el pelo, así los grandes pensaban que era una niña normal.
Pero Bernadatte no era una persona sucia. Tomaba una ducha todas las mañanas, en una conmovedora muestra de valentía. También lavaba los platos después de cada comida, cuando además bebía parte de sus dos litros diarios de líquido. Pero en algo no cedía: jamás se permitía llorar. No es lo mismo lo que viene de afuera que el agua que intenta abandonar su cuerpo. La tranquilizaba saber que eso era lo único que tenía bajo control.

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31. El misterio de Ofelia

tranvia

—Buenas tardes, ¿cómo le va?
—Qué tal, Ortega. ¿Su fin de semana?
—Bien, gracias. Se me hizo corto.
—Ni me lo diga. ¿Trajo las cartas?
—Sí. Solo encontramos cuatro, pero creemos que había más. Posiblemente Juan Carlos Roncaglia le escribía a Ofelia con mucha frecuencia.
—Seguro las primeras las tiró. ¿Cómo es esto? Me gustaría leerlas en orden.
—Sí, por supuesto. Empieza con esta, que él le mandó a principios de año.

Buenos Aires, 18 de marzo de 1937.

Querida Ofelia: Espero que no le importune que la contacte. Me divido entre respetar su decisión y hacer escuchar a mi corazón.

Entiendo que no me considere un buen partido, ¿qué le puede dar un simple empleado de comercio? Sin embargo, sé que el Espíritu Santo nos cruzó. Doy gracias a Dios por haber podido rozar sus mejillas con mis torpes labios.

Hay mañanas en que despierto sin recordar qué soñé. Son los únicos días en que puedo levantarme de la cama y hacer algo de mi vida, porque el resto de los días sueño con usted. Sufro horrores por que no esté a mi lado al despertar.

Anoche soñé con usted. Estaba en Rivadavia, cerca de donde nos conocimos. La vi pasar en el tranvía. La corrí, mas no podía alcanzarla. Me subí a un auto que pude hacer andar, aceleré a toda marcha, pero la gente bajaba a la calle y me lo impedía. Les gritaba que se corriesen, les tocaba bocina… pero nada. Usted se perdía en el horizonte; yo no podía más que llorar su falta.

Cuando me desperté, tenía toda la cara empapada. Supe que otra vez no iba a poder ir al trabajo. Me reporté enfermo y me quedé en casa, escribiendo esta carta. Mientras lo hago, pienso si dejarla furtivamente en la ventana de su departamento o en la recepción del Hospital. Pensar en llevarla al correo para que tarde tres días es una agonía, aunque también me parece maravilloso cuando se aparece el cartero con novedades para nosotros. Llegué a pensar en atarla a un globo, dejando que el destino, el mismo que nos cruzó, le haga llegar este tonto intento de tener otra oportunidad. Me daría mucha vergüenza que otro la leyera, sin embargo dicen que cuando amas a algo tienes que dejarlo libre, así que quizá me tenga que encomendar a la Virgen para que los vientos le acerquen este montón de papel y tinta.

En una semana es el Día de la Novia. Espero que en ese entonces festejemos juntos nuestra unión.

Eternamente suyo,
Juan Carlos

—Hasta ahí, lo de siempre. La trata con respeto.
—En realidad, le escribe con respeto. ¿No cree que sabía que después otras personas iban a leer la carta?
—Sin dudas. Sigue la respuesta de ella.

Buenos Aires, 23 de marzo de 1937.

Juan Carlos: Realmente no sé cómo hacerle entender esto, espero que dejarlo por escrito ayude.

Lo primero que voy a decirle es que deje de acosarme. No puedo ir sola a mi casa o al trabajo porque me da pánico que se aparezca detrás de un árbol. Imagine cómo me sentiría si encuentro  una carta suya en mi ventana, ¡no me siento segura en ningún lado! No sé cómo hizo este globo para llegar tan rápido a mis manos, pero fue una sorpresa muy desagradable. Ni siquiera puedo ir a la policía a denunciarlo.

El destino no nos cruzó, ni el Espíritu Santo, ni nada. Usted vino con su esposa al hospital por una cesárea programada. ¿Qué pensaría ella si le mostrara su carta?

También soñé con usted. Estaba en Rivadavia, cerca del hospital y cuando lo vi me subí al tranvía para escaparme. No se imagina el terror que sentí cuando vi que empezaba a correr, gritando como un loco. Después golpeó a un conductor y le robó el auto. Yo le pedía a la gente que pasaba que lo detuviera y usted los atropellaba, los escupía, les gritaba. Era desesperante.

Me desperté llorando, pidiendo a gritos que me dejara en paz. Mi marido quiere saber quién es ese Juan Carlos que me acecha en sueños.

Por favor, no me escriba nunca más.

Ofelia

—Perfecto, en esta lo rechaza. Lo que no me queda claro es la parte del sueño… ¿Soñaron con lo mismo?
—Me parece que está siendo irónica. Igual la que sigue lo va a sorprender.

Buenos Aires, 28 de marzo de 1937.

Querida Ofelia: De acuerdo, entiendo la situación en la que la estoy poniendo. Le pido disculpas porque no fui exactamente sincero con usted. Sí, estoy obsesionado, añoro tenerla en mis brazos, pero hay algo más.

El año pasado empecé a notar un comportamiento errático en mi señora esposa. La notaba distraída, torpe. Hacía la comida a las apuradas cuando, no se demoraba demasiado con las compras. Me propuse averiguar qué la entretenía más que su marido. Lo que descubrí no le va a gustar.

En el último carnaval me dijo que se iba a quedar a dormir en lo de sus sobrinos porque tenía que cuidarlos. Algo me olía rancio, así que la seguí hasta el corso de Corrientes. Entró en el bar que está en la calle Montevideo para salir unos minutos después, totalmente irreconocible… excepto por mí, su propio esposo. Vestía un disfraz de diablo con capa, cuernos, hasta un tridente rojo. En la comparsa se encontró con un ángel rengo. ¿Ya se imagina cómo termina esta historia?

Estuvo toda la noche del brazo de ese hombre. Se reían, quizá de nosotros. Ella subió su capa para taparse mientras él la besaba. Cuando los festejos terminaron, seguí al rengo hasta la avenida Rivadavia, donde se encontró con usted. Todavía recuerdo cómo me impactó su belleza. Todavía estaba disfrazado, así que pensé: “un ángel buscando a un ángel”.

Yo elegí la vida de casado. Prometí cuidar a mi mujer hasta que la muerte nos separe. Usted también, ante Dios, se unió con ese atorrante. Creo que merecemos escapar de nuestros matrimonios llenos de mentiras, aunque sea por un instante. Si no siente amor por mí, al menos sienta despecho y ganas de vengarse del rengo. Se merece algo mejor, es lo único que le estoy ofreciendo.

Espero su respuesta, aunque sea la última carta que me escriba en toda su vida.

Eternamente suyo,
Juan Carlos

—Ufff… la trama se complica.
—Todavía falta la respuesta de Ofelia. Seis meses después, casualmente cuando el caso llegó a los medios y la Federal empezó a sentir la presión.

Buenos Aires, 19 de septiembre de 1937.

Juan Carlos: Anoche soñé con usted. Estaba en el tranvía de Rivadavia, cerca del hospital. Yo corría pero no podía alcanzarlo. Entonces activó el freno de emergencia con los ojos llenos de lágrimas. Nos fundimos en un apasionado beso.

Espero que no le moleste que le escriba después de todo lo que pasó. Es raro no volver a saber de usted, no recibir sus cartas, no sentir que va a aparecerse a la vuelta de la esquina. Reconozco que me sentía tentada por sus insinuaciones, pero decidí mantenerme al lado de mi marido. Después de descubrir sus infidelidades, me hundí en mi trabajo. No quería estar en casa. Por supuesto, eso solo hizo que ellos dos se vieran con más frecuencia.

Es gracioso, pero conocí a mi esposo por culpa del tranvía. Hace seis años intentó bajar del coche en movimiento. Tuvo tanta mala suerte que se enganchó el botón del piloto en la puerta y terminó cruzado en las vías. Llegó a la guardia ya sin su pierna izquierda. Me dio tanta pena que me quedé a su lado, atendiendo sus heridas. Rezaba mucho por él. Casi no nos separamos un momento.

Venía a visitarlo mucho una amiga que odiaba. No me dirigía la palabra. Cuando dejaba la habitación la escuchaba hablar mal de mí. Antes de que le dieran el alta ya nos habíamos puesto de novios, así que le pedí que dejara de verla. Era ella o yo. Seis años después descubro que esa mujer está casada y que su marido es Juan Carlos, el hombre que me pretende en secreto. Es probable que nunca hayan dejado de verse.

Quise matarlos. Pensé en arrojarlos a las vías. Incluso tirarme yo y perder las dos piernas, para que él sepa lo que es convivir con un lisiado. Pero decidí huir. No hacia sus brazos y esos besos con los que ambos hemos soñado, sino en el sentido opuesto. Quise terminar sola porque se merece algo mejor que yo. No tengo pasta de víctima ni de victimaria.

Podemos seguir escribiéndonos. Quizá ser amantes en sueños. Cuando duermo vivo otras vidas en las cuales tomo decisiones diferentes, elijo otras compañías y junto el coraje para empujar al rengo bajo las ruedas del tranvía.

Eternamente suya,
Ofelia

—Ella le escribe exiliada. Una respuesta muy conveniente… para él.
—Sí. En principio encontré sospechoso que toda la correspondencia estuviese en poder de Buscaglia. ¿Cómo hizo para recuperar las cartas que él le había enviado?
—¿Sabemos si es realmente la letra de Ofelia?
—Si me pregunta a mí parecen dos letras completamente distintas. Igual él podría haberlas escrito.
—Solo tenía que meter el sobre en el buzón del correo.
—Para después esperar a que la policía golpeara su puerta.
—Pero nadie golpeó. Pasó inadvertido. Una mujer desaparecida, un marido rengo que la buscó hasta abajo de las piedras, Buscaglia con cuatro cartas que se llevó, literalmente, a la tumba.
—Sí, es el único muerto en esta historia. Pero el misterio se termina cuando llegue el grafólogo. ¿Dónde anda?
—Creo que está en al puerta. Ahí lo hago subir.