29. La promesa

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Les había jurado que iba a bailar sobre sus tumbas, pero no tuve suerte y solo pude festejar la muerte de unos pocos. Ahora que la enfermedad me había paralizado empezaban a desfilar todos, para despedirse o para asegurarse de que esta vez me moría de verdad.
No les importó venir haciendo un escándalo, a las carcajadas y rechinando las zapatillas en los pasillos. Bajaron con delicadeza el picaporte y entraron en silencio. Algunos miraban al piso; otros, a su celular. Coparon toda la habitación y hasta se sentaron en la camilla de al lado.
—Te trajimos un regalo —dijo Mariana, y con eso rompió mi preciado silencio.
—Supongo que son zapatillas —ironicé. Mi cerebro mandó la señal a los labios para que se moviesen y transformaran el aire de mis pulmones en sonido—. También imagino que creen que esta es su casa, que pueden poner los pies en las sábanas limpias y venir a respirar este aire antiséptico. ¡Mi aire! —continué, solo que nunca emití sonido alguno. La única parte de mi cuerpo sobre la que tenía control eran mis ojos, que iban y venían. La máquina que estaba a mi izquierda era la que inflaba y desinflaba mis pulmones, la de la derecha filtraba mi sangre y la devolvía a mis venas. Mis padres pagaban mil doscientos dólares por día para mantenerme con vida. Pasar mi cumpleaños y llegar a Navidad significaban veintiocho mil ochocientos dólares. Treinta y siete mil doscientos para Año Nuevo.
—Te hicimos una película. Compilamos tus carreras. Está el Desafío de Ushuaia, la Cumbre del Lanín y la maratón de Mar del Plata —prosiguió Mariana.
—¡Se dice EL maratón! —quise gritar. Yo hacía cuentas. Casi cien mil dólares para el otoño. ¿Y de qué me servía el video? Seguro estaba horriblemente mal editado. ¿Sabían que los entendía? ¿Que escuchaba sus susurros sobre lo mal que olía? No podía mover la nariz pero sí oler. Sabía que apestaba.
Pusieron el video al máximo volumen. Todos miraban la pantalla mientras yo pestañeaba fuerte, sin éxito, para pedirles que se fueran. Y entonces la vi: una chica hermosa, de cabello negro y largo. La única que realmente me prestaba atención.
—Soy tu enfermedad —se presentó dulcemente—. Todavía no puedo quitarte la vida; traté, y tu resentimiento me lo impide. Pero te puedo dar paz —sentenció. Lo primero en irse fue ese olor espantoso. Después el volumen de la televisión bajó hasta quedarse muda y de a poquito las luces se fueron apagando, incluso la del sol en la ventana. Lo último en desaparecer fue la sensación de las sábanas tocando mis manos y aplastando mis pies.
Desde ese día soy finalmente libre. Imagino sus tumbas, una nueva cada día, y yo bailando sobre ellas. Mis padres aún cumplen su promesa: mil doscientos dólares por día hasta que yo sea el último de todos.

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28. Algo se rompe

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Mamá no llora.
Sí, ahora está llorando, pero ella nunca llora.
¿Qué le pasa? Algo grave, seguro. ¿Se enfermó la abuela? ¿Se peleó con una de sus amigas? ¿Se golpeó?
Cuando vuelva papá de trabajar le tengo que contar. Ahora prefiero que no nos vea, no sabe que desde acá la escuchamos.  Qué vergüenza, seguro que todos los vecinos también la escuchan.
Yo no sé qué decirle. En una de esas se le pasa sola y papá nunca se entera. Pero ahora nosotros sabemos que mamá lloró. Él tiene que saber.
Capaz que si nos quedamos acá, quietitos, ella deja de llorar. Como cuando nos caemos y ella dice: “No pasó nada”.
Porque ahora… tampoco… pasó nada.
Mamá no llora. No sé qué está haciendo, pero no está gritando y sonándose los mocos. Es otra cosa.
Los grandes no lloran. Y si lloran… ¿Cómo seguimos?