27. La espera final

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Anoche soñé con el fin del mundo. Era un asteroide, imposible de detener. Las misiones para volarlo antes de que llegara a la Tierra habían fracasado, y solo restaba esperar. El hueco en la capa de ozono favorecía que no se desintegrara al ingresar a la atmósfera. Los especialistas imaginaban que íbamos a tener un mundo estéril, con tantos cráteres como la luna.

La gente intentaba seguir su vida con normalidad. Algunos locales abrían, el transporte público seguía intentando mantener un horario, pero las calles estaban casi desiertas. No había televisión, ni radio. La gran mayoría de las personas estaba pasando sus últimos momentos con sus seres queridos. Yo, en cambio, caminaba por las calles, esperando el momento del impacto.

A lo lejos pude ver un estallido inmenso y silencioso. Una nube incandescente se levantó en el horizonte. Era aterrador y a la vez imposible dejar de mirarlo.

Mucha gente se estaba suicidando, y empecé a considerar si no era una buena idea ganarle de mano al cataclismo. Pero era algo que solo consideraba para mis adentros. No me animaba a hablarlo con nadie.

Como, a duras penas, intentábamos seguir con nuestra vida, por la noche me fui a dormir, con el deseo secreto de que todo acabara antes de despertar. Pero a la mañana siguiente seguíamos ahí. Habíamos vivido un día más de lo que creíamos. No había planes ni mucho para hacer, porque se suponía que todo ya tenía que haber acabado.

Había un sol radiante, pero no hacía calor. Nunca antes había contemplado mi muerte. ¿Así era como me iba a ir? ¿Por un capricho del cosmos? Comencé a preguntarme cómo iba a ser, si algo inmediato o si iba a sufrir. También si eso iba a ser el final de todo, o si después de morir iba a ocurrir algo más. Luz, tinieblas, o algo. Estaba contemplando que iba a confirmar una de las mayores dudas en la vida del hombre.

En medio de ese torbellino de pensamientos deseé que todo fuera un sueño, que no estuviésemos pasando por la angustia de vivir tiempo de prestado. Y aunque tenía la certeza de que eso era real y de que el fin iba a ocurrir en lo inmediato, abrí los ojos y me encontré en mi cama, con el mundo todavía girando y prosperando con normalidad. Me froté los ojos y me incorporé. Sentí el inmenso alivio de haber sobrevivido.

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