24. Dimongo es olvido

Dimongo

Si te amaron en la vida, tu alma partirá al Cielo. Si te temieron, irás al Infierno. Esos son tus dos destinos al partir, pero no son los definitivos. Cuando la historia olvide tu nombre, irás al lugar donde pasarás el resto de la eternidad: el Purgatorio.

Solo unos pocos trascienden y logran evitar el olvido. Tenemos a personajes como Ghandi, quienes tras su muerte siguen siendo recordados con un generalizado afecto, mientras que a otros, como por ejemplo Hitler o Goebbels, les tocará el infierno de un mayoritario desprecio.

Aunque lo anterior es sabido por todos, probablemente no recuerdes a Dimongo, señor del Purgatorio y tercera esquina en la trinidad del Más Allá. Él carece de la capacidad de generar milagros y rara vez se manifiesta en la Tierra. Contrario a lo que podríamos creer, no te quiere en su reino y te ofrecerá una oportunidad de escapar. Poco le importa si terminas en el Cielo o el Infierno, siempre y cuando hagas lugar a las próximas almas que inevitablemente van a entrar al Purgatorio. Para que abandones su limbo te ofrecerá reencarnar en una nueva vida, donde tendrás la oportunidad de hacer algo trascendente, bueno o malo, que incline la balanza cósmica. En lo inconmensurable de la eternidad significa escapar unos instantes del océano del olvido.

En las pocas representaciones que existen, Dimongo tiene características de pez (escamas en su piel, ojos grandes y redondos, manos y pies palmeados), y se dice que el Domingo se llama así en su honor.

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23. Las buenas noches

mi_cama

Cuando mamá todavía trabajaba, hace más de 30 años, venía a mi pieza a darme el beso de las buenas noches. Yo cenaba con mis hermanos y ella y papá llegaban de la oficina mucho después, cuando yo estaba acostado. Dormía en una cama cucheta, en la de abajo, y ella prendía la luz y yo me tiraba a un costado para que no me encandilara los ojos.

Todavía me acuerdo de su perfume, sus labios pintados de rojo, sus manos y nariz frías, y los pelitos de su tapado haciéndome cosquillas en la cara cuando me abrazaba.
Una noche llegó hasta la puerta, prendió la luz y me preguntó si podía pasar. Se arrodilló a mi lado y me empezó a hablar. Quería saber qué había hecho en el día, que no podía ser otra cosa que ir a la escuela, jugar a los muñequitos y ver la tele mientras tomaba una chocolatada con vainillas.

Y mientras le describía mi vida de niño y ella me miraba con mucha atención, la cama dio un salto. Recuerdo la sacudida, mi cuerpito saltando y aterrizando nuevamente en el colchón. Mamá abrió los ojos, dijo “¡uuuh!” y después rió. Yo me quedé petrificado, aterrado, imaginando qué (o quién), debajo de mi cama, la había hecho saltar. Ella empezó a hablar, como si nada hubiese ocurrido.

Yo era un niño y no cuestionaba a los adultos. Si mamá hacía como que no había pasado nada, yo debía hacer lo mismo. Nunca sacó el tema, y yo tampoco. Hoy soy un adulto y no sé si quiero saber por qué mi cama saltó por los aires.

Lo que verdaderamente me angustia es que llegue el día en que yo sea el padre que va a darle el beso de las buenas noches a sus hijos, que y ocurra algo espantoso como que su cama cobre vida. Ahí voy a estar obligado, como mamá, a hacer de cuenta que eso es algo divertido y que no hay nada para preocuparse.

22. El Booth que salvó a Lincoln

Edwin_Booth

Siempre tengo problemas al contar este relato, porque no sé si quienes la escuchan conocen sobre sus protagonistas.

Dejaré que los libros de historia sean quienes llenen los huecos, y me limitaré a contar cómo dos familias sufrieron dos pérdidas, y cómo dos vidas se salvaron.

Si tuviese que remontarme hacia el principio, no sabría por dónde hacerlo. Quizá deberíamos remontarnos hacia fines del siglo XVIII, cuando Richard Booth, un abogado hijo de un herrero, tuvo a Junius. Nacido un 1º de mayo (fecha que muchas décadas después conmemoraría el Día del Trabajador), Richard decidió ponerle un peculiar nombre a su descendiente. Fruto de la influencia del teatro y la historia del mundo occidental, su hijo se llamó Junius Brutus Booth.

En ese segundo nombre se escondía la esencia de los acontecimientos venideros. Casi como un designio, Junius se convirtió en un talentoso actor de Inglaterra, otorgando un excelente Ricardo III, y otras obras shakespereanas.

En 1821, Junius Brutus Booth escapó junto a su amante a los Estados Unidos, abandonando a su esposa y a su primogénito.

En el Nuevo Mundo tuvo diez hijos. Junius Jr., Edwin y John fueron los tres que siguieron sus pasos y se dedicaron a la actuación. Pero fue Edwin el más talentoso, un recordado intérprete de las obras de Shakespeare del siglo XIX. John, de joven, visitó a una gitana que le dijo que moriría joven.

Junius partió junto a sus hijos mayores en un tour por California. El año era 1852, y en el viaje de regreso por New Orleans, decidió beber agua del río. A los cinco días, sin médicos abordo, murió, agónico y delirante de fiebre.

Edwin pasó el trago amargo de la muerte de su padre con alcohol. Era lo único que le daba seguridad y confianza. ¿Qué podía hacer? En casa, las cosas tampoco marchaban bien. El límite que se impuso entre los Confederados y la Unión, esa guerra civil que dividió a su país, dividió también a su familia. John era un apasionado defensor de las causas del sur; quería que su país siguiese siendo el mismo en el que había crecido. Edwin se separó de su familia poco a poco. El éxito le sonreía. Su rostro era conocido por todo el país. Pero seguía insatisfecho, recurriendo al fondo de una botella cada vez que tenía que salir adelante.
La familia Booth y la familia Lincoln no se cruzaron hasta el día en que Edwin decidió votar por el candidato republicano en 1860. Años después, sin saberlo, su hermano John se cruzaría con el presidente en algunas ocasiones.

Tres años después, ambas familias volverían a encontrarse. Una noche, Edwin estaba en la plataforma del tren, aún con el gusto del alcohol en su boca. Una muchedumbre se amontonaba para comprarle al chofer los últimos pasajes para los coche-cama. Edwin tenía reservado su camarote, lo único que esperaba era que la gente se dispersara para poder subir. Visible solo para su distraído ojo, un joven fue empujado por el amontonamiento y cayó entre la plataforma y el tren, al tiempo que la locomotora hacía una sutil maniobra y avanzaba lentamente hacia la pobre víctima. De un salto, Edwin tomó al joven de su abrigo y tiró hacia arriba. Nunca se sabrá si ese accidente pudo haber sido fatal o no, lo cierto es que alguien le había salvado la vida a alguien. El joven levantó la vista, algo avergonzado, y reconoció el famoso actor shakespeariano: las únicas palabras que pudieron salir de su temblorosa voz fueron “Edwin Thomas Booth”.

Edwin limpió un poco el polvo del saco del joven, llamado Robert. Vestía demasiado bien para necesitar ayuda o dinero. A él le bastó con su gratitud, y con que aún le reconociesen fuera del teatro.

Esa fue su Epifanía, ese fue el momento en que decidió dejar la bebida. Había salvado a un hombre, había cambiado la historia.

Tiempo después, Edwin recibió una carta agradeciéndole haber salvado la vida de Robert Todd Lincoln, hijo del presidente Abraham Lincoln.

En 1865, gracias a su prestigio actoral, el joven John ingresó al Teatro Ford durante la obra Our American Cousin. Conocía el guion de punta a punta, así que esperó a la segunda escena del tercer acto. Luego de que el personaje de Asa Trenchard dijo la línea más graciosa de la obra, el teatro estalló en risas. John eligió ese estruendo para apagar el disparo a la cabeza del presidente. En ese instante, John Wilkes Booth pasó a la historia como el asesino de Abraham Lincoln. Se tiró del palco al escenario, y aunque se rompió una pierna, logró escapar a pie. A los doce días lo mataron por la espalda en un establo, de la misma manera en que había asesinado al presidente.

Edwin estaba destrozado. Había perdido a un hermano y a un presidente. La tentación de volver a la bebida fue muy fuerte. Llegó incluso a pensar que todo era culpa de su padre, Junius Brutus Booth. Este es el momento en que apelo a que el lector se amigue con los libros de historia, donde encontrará el nombre de Marcus Junius Brutus, senador romano, inmortalizado por ser quien llevó adelante el asesinato de Julio Cesar.

El apellido Booth quedó impregnado para siempre de infamia. Edwin se negó a volver a actuar, pero las deudas que crecían lo obligaron a volver a las tablas. Actuar, y saber que había salvado la vida del hijo de Lincoln, dos años antes de la muerte del presidente, fue su único consuelo, el motor que le permitió seguir adelante.

En 1869, Edwin, nuevamente un prestigioso actor, logró, tras semanas de escribir carta tras carta, que el cuerpo de John fuese enterrado en el mausoleo familiar. Los Booth y los Lincoln jamás volvieron a cruzarse. Robert, quien tras el asesinato de su padre decidió dormir en la Casa Blanca, jamás se perdonó no haber estado ahí para detener al hermano de su salvador. Edwin tampoco se perdonó no haber estado ahí para salvar a su hermano, intentando que los libros de historia lo recordaran como John Wilkes Booth, el actor, en lugar de John Wilkes Booth, el magnicida.