17. El perro de vidrio

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El ingeniero Kim Thompson no era una mujer, como muchos intuían al escuchar su nombre por primera vez. Tampoco era coreano, como supuso una pasante que tuvo el inmenso honor de ser elegida para trabajar un semestre con él. Simplemente era una persona muy dedicada a la que le gustaba saber cómo funcionaban las cosas y replicarlas.
Nos hicimos amigos en la Patagonia, corriendo un ultra trail. Yo había abandonado en el kilómetro 93 porque simplemente no podía subir el Cerro Quilanlahue, así que tomé un atajo y me senté a descansar en el puesto de control. Kim llegó absolutamente destruido, arrastrándose, y le dije que la próxima tendríamos mejor suerte. “No pienso abandonar, amigo”, me respondió con una sonrisa forzada. Le invité un poco de chocolate, y no me pregunten por qué, terminé acompañándolo los 27 kilómetros restantes. Así era Kim, su entusiasmo te contagiaba y terminabas siguiéndolo. Incluso en una carrera de montaña donde oficialmente estabas descalificado.

Técnicamente era un programador informático devenido en ingeniero, aunque en las últimas décadas se especializó en inteligencia artificial. La base de esta ciencia es que no se puede tener la misma respuesta ante un estímulo. Si se le pregunta a una computadora cuánto es dos más dos, siempre va a responder cuatro. Nosotros generalmente responderíamos lo mismo, pero alguna vez por diversión podríamos llegar a decir cinco.
Aunque cuando dicen inteligencia artificial solemos pensar en algo que se asemeje a los seres humanos, Kim trabajaba en animales autómatas. Soñaba con construir hormigas o alguna clase de enjambre de insectos, pero la tecnología impedía poder hacer algo tan pequeño y funcional. Por eso trabajaba en animales domésticos. Mi especialidad es la traumatología, y solo nos unía tener títulos universitarios y, de vez en cuando, correr carreras de aventura. Pero a él le interesaba mi opinión de persona promedio, por lo que cada tantos meses me invitaba a su casa para que testeara su nuevo proyecto.

Aquel miércoles me senté en su sillón a esperar a otro autómata. El juego era interactuar y luego distinguir si se trataba de un animal real o no. Siempre lograba notar la diferencia. Pero esta vez la experiencia fue muy diferente.

Kim se apareció con lo que solo podría describir como un perro de vidrio. Respiraba, con la lengua colgando de su trompa, y estaba con su mirada atenta a mí. En verdad no era de vidrio, sino de un polímero verdoso que lo hacía más transparente. Kim solía decir que la primera iMac con la carcasa transparente había sido una idea suya que Steve Jobs se adjudicaba como propia. Le gustaba ver cómo funcionaban las cosas, y le parecía fascinante poder ver a una computadora por dentro. Mientras que en sus proyectos anteriores se esmeraba por imitar el pelaje y el brillo de los ojos de un animal, ahora lo había hecho transparente.

Lo sorprendente era que este perro, de tamaño mediano, parecido a un ovejero alemán, respiraba. Se movía como si fuera real. Antes de poder terminar de procesar lo que estaba viendo, corrió hacia mí y dio un salto, para apoyar su cabeza en mi regazo. Comencé a acariciarlo, se sentía cálido al tacto.

Le dije a Kim que era algo asombroso. Reaccionaba como un perro… ¡se sentía como un perro! Empecé a hablar incontrolablemente. “¿Te imaginas las implicancias de un perro que no se enferma, que no te estropea los sillones, que no tiene pulgas… ¡que no hace caca en cualquier parte!”, solté en algún momento. Claro que Kim se lo imaginaba. Una mascota absolutamente programable, que sea respetuosa de las visitas. Que no destroce los muebles ni haga pozos por todo el jardín.

Y mientras pensaba en las consecuencias de una mascota efectivamente obediente, el perro me mordió el brazo. No demasiado fuerte como para lastimarme, pero imaginaba sus dientes de vidrio rasgándome la piel y me asusté bastante. Kim enrolló un diario y le pegó en un costado mientras le gritaba y lo insultaba. El perro me soltó y desapareció atrás del sillón, con el rabo entre las patas.

“¿Qué es esta locura?”, le pregunté, exaltado. “¿Cuál es la gracia de un perro que muerde a las personas?”. Kim estaba apenado, pero noté un dejo de orgullo en su rostro. “Si no hiciera lo que quisiera”, respondió, “no sería un perro”.

Esto ocurrió hace 20 años. Supongo que por respeto dejó de invitarme a testear sus experimentos. Pero todavía corremos juntos, y lo visito bastante a menudo. Y todavía me aterra ese maldito perro de vidrio.

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