18. Somnus affinitatem

Portrait of woman in bed sleeping

Hay 17 escenarios diferentes que se pueden llegar a soñar. Deseos reprimidos, traumas infantiles, ecos del día laboral e inseguridad sexual son los principales, pero el resto de las posibles tramas que nuestro subconsciente arma alrededor nuestro son menos de 20.
El hecho de que el cerebro tenga problemas para recordar lo que soñamos hace que muchas personas pierdan ese registro e imaginen que hay infinidad de variantes, pero este fue el resultado del estudio realizado en 1984 en la Universidad de Ohio. También se estableció un patrón de construcciones subconscientes, luego de que los estudios arrojaran que una persona cada 100 podía llegar a soñar exactamente lo mismo que otra. En los casos donde se las lograba despertar antes de salir de la fase MOR, estas parejas aparentemente inconexas describían la misma situación, encadenando escenarios y personajes exactamente de la misma manera.

Las aplicaciones para este descubrimiento prometían convertirse en un apoyo psicológico para muchos pacientes con diagnóstico de depresión o síndromes de trastorno de ansiedad, ya que al hallar a un par que tuviese un “somnus affinitatem“, se podía llegar a un análisis más detallado de la psiquis.

Alfredo era gasista. Poco entendía de psicología, y era una persona sencilla a la que poco le interesaba lo que soñaba. Probablemente porque dormía poco, y cada mañana se levantaba 4:30 para viajar 2 horas en colectivo hasta la Central. Parado todo el trayecto, era imposible dormir un poco más.

Ya con la camioneta del trabajo, recorría las zonas 14 a 31 del cordón metropolitano para desinstalar los medidores de gas de los usuarios que tuviesen más de 90 días de mora. Le fastidiaba hacerlo en verano, al rayo del sol, pero mucho más cuando en la planilla veía que era por deudas menores a los 100 pesos.

Ese martes de febrero, Alfredo quitó el medidor del departamento 7, en un edificio de la calle Albareños, y se dio cuenta de que había terminado temprano. Con el sonido de las chicharras de fondo y a la sombra de un árbol, se sentó en el asiento de la camioneta y se quedó dormido.

Soñó que su padre lo retaba por haberse hecho pis en la cama y le daba una paliza con el cinto. Él era una nena con un camisón rosado y levantaba sus manos para protegerse. La hebilla le cortó los brazos. No le dolía, pero la sangre le hizo entrar en pánico. Gritaba pero sin hacer ruido.

Se despertó cuando un anciano le golpeó la ventanilla, pidiéndole que le devolviera el medidor. Se negó y le mostró la planilla donde se dejaba constancia de una deuda de $104 desde noviembre. El viejito argumentaba que su departamento era el G, pero no el 7. Alfredo sabía cómo terminaban esas discusiones (no terminaban), así que se subió a su camioneta y volvió a la central.

Una semana más tarde, a riesgo de perder su trabajo, Alfredo volvió al edificio de Albareños a reinstalar el medidor del departamento 7, que correspondía a la unidad H y no a la G como él había supuesto. Tocó timbre para pedirle disculpas al viejito, pero nunca respondió.

Esta vez estaba nublado y soplaba un viento muy agradable, así que como tantas otras veces, se subió a la camioneta de la empresa y se tiró a dormir unos minutos. Tuvo nuevamente aquel sueño donde era una niña que se hacía pis en la cama y su padre la castigaba salvajemente. La diferencia es que ahora sabía que era un sueño. Quiso tantear algo en la mesita de luz que lo despertara. El reloj. Prender el control remoto de la tele. Ver si Manchita ladraba. Sabía que sacudía los brazos, casi podía sentir la pesadez de las sábanas, aunque también entendía que podía estar soñando también eso. Finalmente escuchó unos vidrios que se rompían, que en el sueño era de un cuadro que estallaba en mil pedazos luego de que su padre le diera por accidente con la hebilla del cinto. Esta vez sí sintió dolor en el brazo, un calor que le bajaba desde la mano hasta el codo y Manchita que ladraba sin parar.

Alfredo despertó por los ladridos. No estaba junto a una ventana, en una habitación con una mesita de luz. Estaba sentado frente al volante de una Ford. Se miró el brazo y lo tenía perfecto. Miró hacia el edificio de Albareños, en la ventana del que supuso era el departamento G. La ventana estaba estallada y de adentro se oía a un perro ladrar frenéticamente. Puso el motor en marcha y volvió a la Central.

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17. El perro de vidrio

perro_de_vidrio

El ingeniero Kim Thompson no era una mujer, como muchos intuían al escuchar su nombre por primera vez. Tampoco era coreano, como supuso una pasante que tuvo el inmenso honor de ser elegida para trabajar un semestre con él. Simplemente era una persona muy dedicada a la que le gustaba saber cómo funcionaban las cosas y replicarlas.
Nos hicimos amigos en la Patagonia, corriendo un ultra trail. Yo había abandonado en el kilómetro 93 porque simplemente no podía subir el Cerro Quilanlahue, así que tomé un atajo y me senté a descansar en el puesto de control. Kim llegó absolutamente destruido, arrastrándose, y le dije que la próxima tendríamos mejor suerte. “No pienso abandonar, amigo”, me respondió con una sonrisa forzada. Le invité un poco de chocolate, y no me pregunten por qué, terminé acompañándolo los 27 kilómetros restantes. Así era Kim, su entusiasmo te contagiaba y terminabas siguiéndolo. Incluso en una carrera de montaña donde oficialmente estabas descalificado.

Técnicamente era un programador informático devenido en ingeniero, aunque en las últimas décadas se especializó en inteligencia artificial. La base de esta ciencia es que no se puede tener la misma respuesta ante un estímulo. Si se le pregunta a una computadora cuánto es dos más dos, siempre va a responder cuatro. Nosotros generalmente responderíamos lo mismo, pero alguna vez por diversión podríamos llegar a decir cinco.
Aunque cuando dicen inteligencia artificial solemos pensar en algo que se asemeje a los seres humanos, Kim trabajaba en animales autómatas. Soñaba con construir hormigas o alguna clase de enjambre de insectos, pero la tecnología impedía poder hacer algo tan pequeño y funcional. Por eso trabajaba en animales domésticos. Mi especialidad es la traumatología, y solo nos unía tener títulos universitarios y, de vez en cuando, correr carreras de aventura. Pero a él le interesaba mi opinión de persona promedio, por lo que cada tantos meses me invitaba a su casa para que testeara su nuevo proyecto.

Aquel miércoles me senté en su sillón a esperar a otro autómata. El juego era interactuar y luego distinguir si se trataba de un animal real o no. Siempre lograba notar la diferencia. Pero esta vez la experiencia fue muy diferente.

Kim se apareció con lo que solo podría describir como un perro de vidrio. Respiraba, con la lengua colgando de su trompa, y estaba con su mirada atenta a mí. En verdad no era de vidrio, sino de un polímero verdoso que lo hacía más transparente. Kim solía decir que la primera iMac con la carcasa transparente había sido una idea suya que Steve Jobs se adjudicaba como propia. Le gustaba ver cómo funcionaban las cosas, y le parecía fascinante poder ver a una computadora por dentro. Mientras que en sus proyectos anteriores se esmeraba por imitar el pelaje y el brillo de los ojos de un animal, ahora lo había hecho transparente.

Lo sorprendente era que este perro, de tamaño mediano, parecido a un ovejero alemán, respiraba. Se movía como si fuera real. Antes de poder terminar de procesar lo que estaba viendo, corrió hacia mí y dio un salto, para apoyar su cabeza en mi regazo. Comencé a acariciarlo, se sentía cálido al tacto.

Le dije a Kim que era algo asombroso. Reaccionaba como un perro… ¡se sentía como un perro! Empecé a hablar incontrolablemente. “¿Te imaginas las implicancias de un perro que no se enferma, que no te estropea los sillones, que no tiene pulgas… ¡que no hace caca en cualquier parte!”, solté en algún momento. Claro que Kim se lo imaginaba. Una mascota absolutamente programable, que sea respetuosa de las visitas. Que no destroce los muebles ni haga pozos por todo el jardín.

Y mientras pensaba en las consecuencias de una mascota efectivamente obediente, el perro me mordió el brazo. No demasiado fuerte como para lastimarme, pero imaginaba sus dientes de vidrio rasgándome la piel y me asusté bastante. Kim enrolló un diario y le pegó en un costado mientras le gritaba y lo insultaba. El perro me soltó y desapareció atrás del sillón, con el rabo entre las patas.

“¿Qué es esta locura?”, le pregunté, exaltado. “¿Cuál es la gracia de un perro que muerde a las personas?”. Kim estaba apenado, pero noté un dejo de orgullo en su rostro. “Si no hiciera lo que quisiera”, respondió, “no sería un perro”.

Esto ocurrió hace 20 años. Supongo que por respeto dejó de invitarme a testear sus experimentos. Pero todavía corremos juntos, y lo visito bastante a menudo. Y todavía me aterra ese maldito perro de vidrio.