15. El origen del hombre

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Cayó una inmensa bola de fuego. Cuando golpeó la tierra se opacó el cielo. Al poco tiempo escaseó la comida, cambió bruscamente el clima y los grandes animales murieron. Los pequeños se escondieron en hoyos, saliendo solo para comer. Vivieron en constante terror, convencidos de que, tarde o temprano, les llegaría su hora. Ese sentimiento sobrevivió: aún persiste en toda su descendencia.

14. El amor

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Cuando la conoció, la quiso con locura. Nunca volvió a ser libre, ya no importó si ella lo correspondía o no. ¿Estuvieron juntos? ¿Estuvieron separados? Ciertamente poco importa: fue sumiso hasta el último día de su vida. No se había enamorado de ella, sino del amor.

13. Mi casa

Desde hace algún tiempo que mi casa está herida. La escucho quejarse por las noches en un lamento de agonía. En la cocina se desangra por la canilla y ningún médico ni plomero ha sabido curarla. Ha perdido el brillo, ya no sonríe cuando regreso, y traba la llave cada vez que me quiero ir. Busca hacerme sentir culpable y necesitado. Creo que va siendo hora de mudarme.

12. El deseo

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Al principio, Dios decidió hacer feliz al hombre y cumplirle sus deseos. Automáticamente todos se convirtieron en reyes, tuvieron riquezas y consiguieron a la mujer que amaban. Pero los hombres también deseaban los tesoros del otro, querían que sus enemigos muriesen y ansiaban conquistar a toda la Creación. Dios comprendió que aquello que había creado no era tan bueno. A partir de ahí, y como único recurso para evitar la destrucción, el Supremo dictaminó que por más que rezaran, suplicaran e imploraran, ignoraría todos y cada uno de los deseos del hombre.

11. Atardece, que no es poco

El atardecer es un juego de colores que poco tiene de fantástico, aunque ha sabido aterrorizar a los hombres. En la antigüedad  se creía que en cada ocaso el sol perdía la batalla contra las fuerzas de la oscuridad. Durante la noche las bestias salían a cazar, por lo que el atardecer no solo implicaba la derrota de la luz, sino que presagiaba peligros desconocidos e inesperados.
Estos hombres primitivos desconocían que el rojo que tiñe el cielo no es la sangre derramada del sol, sino que se trata de distintos espectros de la luz refractados en la atmósfera. El atardecer no es la agonía de la vida; es el modo en que el sol nos avisa que la Tierra sigue girando.

10. El mayordomo lo hizo

El teléfono lo sacó de su trance. Hacía veinte minutos que miraba fijo a la pared, con la mirada perdida, pensando en el perfume de Susana Marich. Ese olor dulce, floral, lo hacía volver a sus besos, a su sedoso cabello. Cada vez que lo volvía a oler en la calle sentía un martillazo en el corazón.

Cuando Ledesma volvió a la realidad, levantó el tubo: el comisario lo estaba enviando al ostentoso Edificio San Martín a investigar una muerte sospechosa. Los cadáveres habían dejado de perturbarlo años atrás y el trabajo era lo único que podía quitar a Susana de su cabeza.

En el lobby del edificio lo recibió el gerente, en un estado de espasmódico nerviosismo. Ledesma tomaba nota mentalmente de cada empleado y cada residente. Las primeras impresiones eran las más importantes, y si había ocurrido un asesinato, todos eran potenciales sospechosos.

El cadáver era una mujer de entre 25 y 35 años. Estaba boca abajo en el hueco del ascensor. El gerente lo acompañó hasta el subsuelo, donde los técnicos habían abierto la puerta, pero nadie se había animado a sacarla. En medio de la mugre, en un charco de sangre, estaba la víctima. Una vez más olió el perfume dulce y floral. No pudo evitar susurrar en voz muy baja “Susana Marich”.

Instintivamente, Ledesma se tapó la boca con ambas manos. El gerente le dijo que era cierto, que se trataba de la mujer de los Marich, habituales residentes de la suite del piso 22. Ledesma no se animaba a tocarla, pero tampoco podía retirar la mirada. Conteniendo las lágrimas, pidió subir a la habitación. Él solo.

En la suite lo recibió el mayordomo, mientras los técnicos y el gerente esperaban al fiscal en el lobby. El señor Marich había viajado dos días antes al exterior, y Susana se había hospedado sola. Ledesma intentó volver al papel de detective. En automático, no queriendo pensar en ese perfume y ese cabello que no volvería a acariciar, le preguntó al mayordomo por alguna visita, actitudes fuera de lo común, algún indicio… Pero nada.
Llamaron al ascensor y lo mandaron al piso 23. El mayordomo trajo una pinza, con la que pudieron abrir la puerta. Ledesma miró hacia abajo, al oscuro hueco. Se preguntó cómo sería la caída, ir rebotando contra las paredes y las vigas de metal.

Detrás suyo, el mayordomo le pidió disculpas y le comunicó que solo cumplía las estrictas órdenes del señor Marich. Ledesma sintió un pequeño empujón en la espalda y fue a reunirse con su amada.

09. Penoso récord

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Hace muchos años, cuando el único medio para llegar a Marcos Paz era hacer una peregrinación de dos días a caballo, Ernesto Páez llegó a La Mariucha para cubrir la historia de la madre más joven del país.

En aquel entonces las casas no tenían número ni las calles nombre. Se identificaban las edificaciones por cuestiones estéticas o de cercanía, como: “la que está junto al trapiche” o “la que tiene almenas en los muros”. En el caso de La Mariucha, la estancia de los Martínez, era conocida por sus enormes vides. Bastaba con preguntar por la malvasía más rica o por el trallazo más potente para que a uno le indicaran en su dirección.
Páez llegó antes del amanecer, cuando las falenas todavía revoloteaban siguiendo los destellos de los faroles. Para su sorpresa, los dueños de casa lo esperaban levantados. Le sirvieron guarapo con el desayuno, preparado con las cañas de azúcar que Martínez cortaba con su propia paila.

Sentados en el amplio comedor, con el sol que aún no salía, le sirvieron el pan de sésamo que la señora había aprendido a hacer en la ciudad. Le pidieron disculpas por el estado de la mesa, atacada por la carcoma. La pareja era muy humilde, a pesar de su fastuoso caserón, pero se notaba que en otro tiempo había tenido un mejor pasar. Ahora, simplemente subsistía.

Páez preguntó por la niña. Después de todo, había hecho el viaje para conocer su historia. El señor Martínez se jactaba de su devoción por el Señor –al punto de que era sochantre en la parroquia–, pero ni siquiera su fe había podido evitar que mandinga embarazase a su hija un año atrás. Desde la zona fragosa, detrás de la estancia –donde ni siquiera los caballos se atrevían a pasar–, vino la niña un día, sangrando entre sus piernas. Nueve meses después dio a luz a un bebé de tres kilos y medio.

Páez tomaba nota sin involucrarse emocionalmente, aunque se estremeció cuando le confirmaron que la nena había dado a luz con tan solo cinco años. Sin embargo, los Martínez se mostraban bastante más interesados en que la mención de “Los más asombrosos récords nacionales” no dejase afuera su afamada producción de bebidas alcohólicas. La señora, mientras trituraba ajo en un almirez, aclaró que también hacían panes de exquisitos y exóticos sabores.

Pasaron las horas. Con la salida del sol la nena, Beatriz Inocencia, despertó y se sentó a la mesa. Lógicamente Páez le pidió conocer al bebé, sospechando sobre la farsa de los Martínez. Claramente, toda la historia era una mentira. No había habido embarazo, ni mandinga, ni nacimiento, ni nada. En medio de la desesperación y las deudas, los dueños de La Mariucha idearon un absurdo plan para llamar la atención de la prensa. Para ellos, cualquier publicidad era buena publicidad. A sus afamados vinos y malvasías querían sumarle la promoción de sus exquisitos panes con semillas.

De regreso a la ciudad, sabiendo la verdad del asunto, Páez escribió su artículo acerca de la penosa historia de la madre más joven del país quien, con sus cinco años, había dado a luz a una beba de tres kilos y medio. No hubo espacio para los vinos ni los panes, pero sí para falsos detalles como la altura del señor Martínez –dos metros cincuenta y siete–, el tamaño de la casa –ocho metros cuadrados– o el color de las falenas –brillantes cuando salen de noche, transparentes a la luz del día–. A pesar de sus investigaciones, Páez también buscaba su propio y penoso récord, que era el de ser el periodista que más mentiras publicase en un mismo libro.

08. Solo y su alma

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Un hombre está sentado solo en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los seres han muerto. Mira a la puerta.

Afuera la gente camina por las veredas. Pasean sus mascotas. Leen el diario. Si estuviesen vivos podría comprender su horrorosa realidad.

El hombre sale a la calle. Quiere que dejen de fingir. Lo que sienten son solo ecos de una vida inexistente. Ellos lo esquivan y siguen su paso. Él arranca la correa de un perro muerto de la mano de un dueño muerto. Hace trizas el falso diario con falsas noticias. Hay una sola realidad: todos los seres han muerto.

El último hombre toca uno a uno los timbres. Golpea cada una de las puertas. No lo van a atender. Solo queda la soledad.

Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los seres han muerto. Golpean a la puerta.*


*Corresponde al microcuento Sola y su alma, de Thomas Aldrich

07. La Estela

Despertó con un fuerte dolor de cabeza. Ya le dolía en sueños, cuando un cavernícola le había dado un garrotazo mientras él intentaba escapar. Pero ya no estaba en un caluroso acantilado, corriendo entre las piedras. El golpe lo hizo despertar, y lo primero que hizo fue llevarse las manos a la cabeza. Las sintió calientes. No sabía en dónde estaba. No recordaba absolutamente nada.

Se incorporó, y el dolor aumentó. Le latía la sien. Se miró las manos y estaban ensangrentadas. ¿Había sido un sueño? Miró a su alrededor y aunque la habitación le resultaba familiar, no podía recordar cómo había llegado hasta ahí. Fue al baño tambaleándose, intentando esquivar el desorden que había en el piso. Tironeó del papel higiénico, hizo dos bollos y se los llevó a la cabeza. Quiso verse en el espejo, pero el vidrio había estallado en mil pedazos. Igual suponía que el corte estaba tan arriba que no lo iba a alcanzar con la vista. El dolor se volvía más punzante, y de a poco volvían los recuerdos.

Detrás del espejo, como creía recordar, estaba el botiquín. Sacó unas gasas y empezó a vendarse. Cuando estuvo en la comisaría y se armó bardo, se vendó con pedazos de una sábana. En ese calabozo inmundo gracias si te daban algo de comer.

Se volvió hacia la habitación, y recorrió con la vista todo el desorden, a ver si podía reconstruir cómo había llegado ahí. Vio un montón de ropa apilada en un rincón, manchada de sangre. Se acercó y se dio cuenta de que era una persona. Lo dio vuelta, tenía el rostro ensangrentado y desfigurado. Parecía que lo habían molido a trompadas. Antes de darse cuenta de que eso lo había hecho él, las manos empezaron a latir. Tenía los nudillos colorados, y si intentaba hacer un puño le dolía como la reputísima madre.

¿Quién era ese cadáver? Tenía un tiro en el estómago. Se tanteó buscando el arma, pero no la tenía. Miró por el piso, tenía que estar en alguna parte. Encontró una billetera. La abrió y encontró una credencial de la Policía Federal. Se llevó la mano a las vendas que contenían la hemorragia.

“El cana”, pensó. “Fue el hijo de puta del cana”.

La identificación decía que se trataba del cabo Aníbal de Benedetti. Vestía de civil, casi como estaría un delincuente cualquiera. Debía estar de incógnito. Seguro lo estaba buscando a él. “La Estela” Ibáñez. Ese era su nombre. Casi nadie le decía Oscar. “La Estela”, porque siempre escapaba y solo dejaba una estela. Le gustaba ese apodo, porque muchos encontraban algo femenino en él. Algunos hasta llegaron a pensar que era una mujer. Desde chico le decían así, cuando se robaba las manzanas de la verdulería y salía disparado.

Robar fue lo que lo convirtió en un imbatible corredor. La Estela creció con poco. Sin padres, sin plata, sin futuro. Robaban para mantenerlo, así que aprendió a hacerlo de chiquito. La lógica era clara: si te agarraban, te fajaban. Entonces él se aseguró de que nunca pudiesen atraparlo. Cuando robaba, salía corriendo. Cuando no robaba… también. Aprendió a ser veloz, a escabullirse, a retrasar la aparición del cansancio. Practicó variar la velocidad para cansar a sus perseguidores, para guardarse la energía. Se dio cuenta que drogarse lo volvía más lento y más torpe, por eso se mantuvo alejado de ese mundo. Pero no de robar, porque era para lo único que servía.

Una vez cayó en cana, 5 años de prisión efectiva, aunque cumplió 8 meses. Lo favoreció el 2×1 y la buena conducta. Corría todos los días por el patio de la prisión, pero cuando lo largaron y puso un pie afuera, sintió realmente lo que era la libertad. Se echó una carrera de cuatro horas, hasta que llegó a la villa, a su hogar. Correr libre es correr de verdad. Juró que nunca lo iban a volver a atrapar.

Entrenó todo lo que pudo, robando para salir adelante. Aníbal de Benedetti se obsesionó con él. La Estela empezó a ganar notoriedad como ladrón de joyerías y de bancos. Sabía cómo ocultar su cara de las cámaras, cómo huir. Se metía en la villa y era como si se lo tragase la noche. Prefería correr los peores días, con frío, lluvia, niebla. Le divertía que fuese más difícil.

Quizá su problema fue que se volvió demasiado bueno. Lo invitaron a una carrera para competir. Era a beneficio, y La Estela, que era un “marginal”, podía aprovechar y demostrarle a todos los chetos cómo corría un pibe de la villa. Pero el día de la competencia no apareció. Se quedó en los lockers, robando todo lo que encontraba de valor. En una mochila hidratadora metió el botín, y corrió más rápido que el keniata que ganó, solo que él se fue en la dirección contraria.

El problema con La Estela es que realmente sostuvo su promesa de no volver a prisión. Usó su revólver varias veces, y empezó a matar… Policías, rehenes… eran pequeños obstáculos hasta la meta. Por suerte no podía recordar del todo a sus víctimas… algunas mujeres, un chico de no más de 16 años… Por más que lo intentaba, no podía recordar todo con detalle. Solo sabía que tenía que escapar, que aún con ese golpe en la cabeza que le latía, tenía que poner un pie delante del otro y salir disparado.

Ese cuerpo en el suelo, el cabo de Benedetti, era su última víctima en su lucha por la libertad. Había tenido que ajusticiarlo. Era parte de ganar la carrera.

Se asomó por la ventana para ver en dónde estaba. Era un tercer o cuarto piso. Una sirena, de fondo, empezaba a hacerse más fuerte. Era ahora o nunca.

Quiso correr, pero una mano lo detuvo. El cana.

“¡Soltame, hijo de puta!”, le gritó. El cadáver, que seguía muy vivo, metió la mano abajo de la cama y sacó un revólver. Su revólver.

“Morite de una vez” dijo de Benedetti. Con el otro pie y todo el instinto que tenía, pateó el arma, que fue a parar a la cocinita que tenía la pensión. Se escondió atrás de la mesada, siguiendo la trayectoria del revólver.

El policía se incorporó con un quejido, agarrándose la panza con una mano, y apoyándose en la cama con la otra. Como un zombie, gruñó y fue a tientas buscando algo por el suelo. Debajo de una pila de papeles y basura, sacó otra arma. Hizo un disparo, apenas ahogado por las sirenas que sonaban afuera.

“¡No pienso volver en cana!”, gritó La Estela, desde la cocina. “¡Antes me mato!”.

De Benedetti, con su rostro hinchado y deforme, soltó una risita. Tenía los dientes ensangrentados.

“¿De qué hablás? ¿Te volviste loco?”. Y disparó otra vez a la nada.

La Estela tomó el revólver, que había llegado hasta abajo de la heladera, y protegido detrás de la mesada martilló.

“¡A la cárcel no vuelvo!”.

La respuesta del policía lo desconcertó. “Yo tampoco”. Su siguiente disparo arrancó un pedazo de mesada y minúsculas piedritas llovieron encima de La Estela. Afuera más patrulleros se amontonaban mientras se ponía el sol.

La Estela aprovechó el reflejo del horno para ver a su perseguidor acercarse a la puerta de la cocina. Se dio media vuelta y le puso un tiro en el pecho. De Benedetti cayó hacia atrás. Empezó a quejarse, mientras le brotaba sangre de todo el cuerpo. Se acercó, apuntándole en medio de los ojos. Un helicóptero pasó zumbando por encima de la pensión.

“De acá me sacan con los pies para adelante”, dijo La Estela. “Me llevo a todos los canas que pueda”. Desde el suelo, esa cara desfigurada y roja volvió a reir. “Te hice mierda la cabeza, ¿no?”, le dijo, sin quitar la mirada de la venda. “¿Con qué me diste?”, preguntó mientras le seguía apuntando. “Con un tiro, rati. Te puse un tiro en medio de la frente. Y no te morís”. Volvió a reir.

“No soy ningún rati. Soy yo, La Estela”, respondió. “No”, contestó el moribundo en el suelo. “YO soy La Estela. Te hice mierda en serio” agregó, y rió, con su último suspiro.

De Benedetti estaba de pie, con el arma todavía caliente, cuando entró el grupo de tareas especiales. Oscar “La Estela”Ibáñez fue declarado muerto en la escena. Había cumplido su promesa de no volver a prisión. El comisario fue en persona a ver al heroico oficial que había puesto fin a uno de los peores delincuentes que había sufrido la provincia. Cuando los del SAME vieron debajo de sus vendas, encontraron horrorizados un disparo que entró y salió del cráneo. Lo internaron de inmediato.

Pero de Benedetti no se moría, quizá porque no podía salir de su confusión. Gente que decía ser familiares y amigos lo felicitaban, y él fingía agradecer. Le decían que había terminado la cacería de La Estela, que finalmente había aparecido un hombre que lo pudo vencer. Su credencial de la Policía, su DNI, todo le decía que el tipo que veía en el espejo y de Benedetti eran la misma persona. Le costó mucho, pero se las ingenió para esconder que adentro suyo él era La Estela, y que en cuanto lo dejaran salir de ese hospital se iba a ir corriendo. Muy lejos, en donde pudiese empezar de nuevo. Porque correr libre es correr de verdad.

06. El Corredor y la Muerte

Carlos era un tipo común y corriente. Hablaba alemán, pero le decían “El vasco”, tenía un pequeño negocio de electrónica en la avenida Cabildo, y era muy mentiroso en el Truco. Casi siempre sacaba una enorme diferencia respondiendo “Real Envido” con solo 20 para el tanto. Tenía un gato y, aunque no se lo planteaba muy seguido, pensaba que era feliz.

Durante todas las mañanas en que se tomaba el tren desde 3 de Febrero hasta Belgrano R, pasaba por una cancha de fútbol donde un grupo de jóvenes entrenaba. No jugaban a la pelota (lo cual hubiese sido lógico), sino que corrían en círculo. El instante en que los veía duraba muy poco, unos dos segundos, pero cuando tenía la suerte de conseguir asiento, se pegaba a la ventana y giraba la cabeza para verlos el mayor tiempo posible. Lo que más le intrigaba era saber si les divertía hacer eso, o si se sentían obligados. El tren pasaba rápido, las expresiones de las caras eran borrosas, y siempre se preguntaba eso. No pensaba en aquel grupo cuando estaba en su casa o en el local, lo hacía durante ese instante, como si fuese algo importante que volvía a su memoria súbitamente.

Carlos pensaba en otras cosas, como hacemos todos los seres humanos, pero detenernos en ellas solo haría a esta historia más confusa. Nos quedaremos con ese pensamiento, porque se volverá importante en un par de líneas.

Pasaban los días, luego las semanas y después los meses, y ese grupito seguía corriendo alrededor de la cancha sin ninguna pelota. Algunas veces no daban una vuelta, sino que corrían rápido de esquina a esquina. Era una rutina que tenía él, mirar para afuera, y a veces la usaba para medir qué tan cerca estaba de llegar a su destino. Pero un día, algo cambió. Podía parecer insignificante, pero cierta mañana de marzo: llovió. Cuando había mal tiempo, Carlos no miraba por la ventana, porque asumía que el grupo no estaría corriendo (la canchita, después de todo, no era techada). Pero ese día en particular se le ocurrió mirar, y aquello le sorprendió. Los jóvenes no estaban, eso no sorprende a nadie. Pero había uno, solo, dando vueltas, totalmente empapado. Le pareció una cosa increíble. Qué fuerza de voluntad. Correr así, sin que importase nada. No pudo verle la cara, como siempre, pero sintió que esa persona, en ese momento, tenía toda su voluntad puesta en ese acto, y eso sin dudas la hacía feliz.

Siguieron los viajes, la rutina diaria, y el tiempo loco que un día te morís de calor y después viene una tormenta y se inunda todo. Al revés que como le pasaba antes, cada vez que llovía Carlos miraba por la ventana con mucha más atención, buscando a ver si veía de nuevo al joven y si estaba solo o acompañado. Una mañana le agarró un no sé qué y se bajó en Colegiales. Llovía a cántaros y fue caminando hasta la canchita, con la esperanza de charlar con ese corredor que no lo detenía nada. Le daba un poco de vergüenza porque él era un hombre grande, muy fuera de estado, y qué pensaría un joven de un desconocido que se le acerca a hablar. Pero seguro tendría algo interesante para contar.

Cuando llegó a la canchita, protegido por su paraguas negro, estaba completamente vacía. Lo inundó no el agua, sino la desilusión. Abrir tarde el negocio por nada. Detrás suyo, se asomó la Muerte (sí, con M mayúscula).

– ¿Qué buscás acá?

Carlos pegó un salto y el paraguas se fue al piso. Una figura negra, flaca y encapuchada estaba parada donde un segundo atrás no había nada.

– Quería hablar con el pibe este que corre… – respondió Carlos, como si lo hubiesen atrapado haciendo una travesura y tuviese que justificarse.

– Ese pibe que corre sos vos hace 35 años. ¿Ya te olvidaste? – dijo la Muerte. Pero Carlos ya lo sabía. – ¿Qué te pasó? ¿Cómo pasaste de eso al hombre que sos ahora?

– No sé… la vida.

– ¡Jajajajajajajaja!

La muerte rió a carcajadas. Tanto que la capucha se deslizó hacia atrás y dejó ver una blanca calavera empapada. Carlos estaba más intrigado que asustado.

– Lo bueno de ser la Muerte es que no te culpan de nada. Siempre es “la vida”. Así y todo, me personifican a mí y a ella no.

Le tomó mucho coraje, pero finalmente hizo la pregunta:

– ¿Y a qué viniste vos?

– ¿A qué te parece? A correr… – respondió la Muerte, al tiempo que levantaba su manto negro y dejaba ver sus pies esqueleto enfundados en unas zapatillas último modelo, con talón con gel, puntera reforzada y suelas con grip. – ¿Qué pasa? – preguntó la Muerte. – No tengo buen agarre. Intentá correr sin carne ni tendones en los pies.

– Yo… hace tiempo que no corro. No podría… No corro ni al colectivo… Ni siquiera tengo zapatillas, hoy me puse botas de lluv…

Se interrumpió. Carlos se miró los pies, tenía las mismas zapatillas con las que corría de joven. Aunque seguían frente a la misma canchita y seguía lloviendo a cántaros, y el paraguas mojado estaba todavía en el piso, ahora vestía la musculosa de atletismo, el pantalón cortísimo (como se usaba en esa época), medias blancas y las zapas con las que quemaba la pista del Club. Se tanteó la frente y sintió la vincha que le mantenía la transpiración lejos de los ojos, y que ahora absorbía la copiosa lluvia.

– Y bueno… No sos la Muerte si no tenés un par de trucos – explicó la Parca. Se sacó la pesada tela empapada que la envolvía y por debajo asomó un esqueleto enfundado en una musculosa y pantaloncitos. – 3 kilómetros. Es todo lo que te pido. Ni siquiera tengo reglas complicadas: el que llega primero, gana.

Carlos atinó a elongar los cuádriceps, 30 segundos cada pierna. Había cultivado una importantísima panza en estos años, pero en ese momento, nada importaba. Era él contra la Muerte (con mayúscula).

– En sus marcas… listos… ¡fuera!

Empezaron a correr. Carlos sabía que la Muerte tenía una ventaja sobre él: poco peso, lo que equivalía a un mejor aprovechamiento de la energía. En seguida se dio cuenta de lo estúpido que sonaba eso. ¡Era un montón de huesos! No tenía músculos, ni tendones, ni sangre que bombeara glucógeno. Sin embargo… ¡cómo corría! En seguida le sacó una considerable ventaja.

Estaba aterrorizado, no sabía qué hacer. Tres kilómetros le hubiesen parecido tan poca de joven, pero era como si nunca hubiese hecho deporte. ¿Cómo le convenía correr? ¿Primero despacio hasta encontrar su segundo aire y ahí apretar? ¿Apurarse ahora y que sea lo que Dios quiera? Tenía más dudas que respuestas, pero no se dejó vencer. A medida que avanzaba empezó a sentir un dolor en el costado, que pudo controlar al respirar más pausadamente. Entonces, una sensación lo embargó… ¡Estaba corriendo! ¡Bajo la lluvia! Ahora recordaba lo que se sentía, qué cosa tan maravillosamente liberadora.

Pero estas sensaciones de júbilo son efímeras. La Muerte iba ganando, y no parecía que él pudiese hacer mucho para impedirlo. Apretó el paso, perdió el miedo y dejó de escuchar a los músculos y las articulaciones que se quejaban. Si era su última carrera, iba a dar todo de sí. Poco importaba si después quedaba dolorido, porque todo se iba a terminar ahí, en la línea de la meta. Lluvia en la cara y dolor de piernas, era todo lo que sentía. Fue apagando el resto, ignorando el tren que pasaba por el costado, las baldosas flojas que escupían agua. Solo importaba la carrera.

No pudo ni siquiera alcanzarla. A los 3 km, ya adentrados en el barrio de Palermo, la Muerte esperaba apoyada cómodamente contra un poste de luz. Lo miró llegar, con el corazón latiendo a mil, hasta donde estaba ella. Aunque había perdido por escándalo, estaba feliz de haber experimentado una carrera, una vez más. Caminó un poquito, respirando profundamente. Volvió al mismo poste donde estaba la Muerte y empezó a elongar los cuádriceps. 30 segundos cada pierna. Pasó a estirar gemelos, ayudado por el borde del cordón.

– Ganaste – admitió Carlos.

– Siempre gano – respondió la Muerte.

– Entonces supongo que me vas a llevar.

– No – contestó. – Para serte sincero, yo solo quería correr – dijo la Parca, y desapareció.

La lluvia bajaba por la cara de Carlos. Pensó en lo tarde que iba a abrir el local el día de hoy.

La Muerte volvió a aparecer.

– Ok, bueno, perdón. Quise hacer una salida dramática, me diste el pie y no lo quise dejar pasar. Pero bueno, volví porque me queda algo más por aclarar.

– Ya lo sé – se adelantó. – “Correr me salva la vida”.

La muerte negó con el cráneo.

– ¡No seas ingenuo! – respondió. – Ya te dije que nadie me puede ganar. Nadie.

– …¿Correr retrasa a la muerte?

– No lo sé. Quizás. Lo cierto es que la retrases o no, a la larga siempre llego. Nadie me gana, ¿te conté?

– Entonces… ¿para qué volviste?

– Para hacerte una pregunta. Contame… ¿qué sentiste?

– Bueno, pensé que no iba a llegar más, pero–

– No, no. Contame todo. Desde el principio. Qué sentiste.

– Em… al principio no sabía qué estaba haciendo. Estaba en blanco, a los tumbos. Tuve que improvisar. Después me vino todo, empecé a darme cuenta cómo tenía que correr, cómo respirar. Me dio miedo, no quería sufrir. Pero le di para adelante, me animé a exigirme. Dejé de hacerle caso al dolor, al miedo… y en ese momento empecé a disfrutarlo. Llegó un punto en que me di cuenta que se acercaba el fin, y que era inevitable. Pude haberme dejado vencer, pero quise seguir esforzándome. Pensé “voy a abandonar este mundo, lo mejor va a ser darlo todo ahora y así no arrepentirme de nada”. Y cuando estaba llegando a la meta sentí eso, paz. Que había intentado todo, que había dado lo mejor de mí. Me sentí completo.

La Muerte se lo quedó mirando con esos dos oscuros huecos en el cráneo, por un largo rato. Llovía menos, pero las gotas seguían cayendo del cielo.

– Correr es una linda metáfora de la vida, ¿no? – dijo la Muerte. Carlos ya lo sabía, de hecho armó su discurso para que tuviese esa ambigüedad. – En el mundo están los que desean y se arrepienten, y los que hacen y están en paz consigo mismos.

La Muerte sacó de la nada su pesada manta negra y comenzó a cubrirse, hasta calzarse la capucha sobre el cráneo.

– Te agradezco la carrera y la charla -continuó la Muerte, – pero se te hace tarde para abrir el negocio.

Le extendió su fría mano, dio media vuelta y se fue para el lado de Corrientes, silbando bajito.

Carlos, aprovechando el hermoso día de lluvia, decidió caminar hasta el local.