02. Amor eterno

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El 25 de mayo de 1810, los padres de Francisco Martos Martos festejaban la declaración de la independencia de España frente al Cabildo de Buenos Aires. El niño, de tan solo cuatro años, despertó para ver al diablo metido en su cama.

Si bien los Martos Martos desestimaron la historia y la consideraron un mal sueño, este hecho traumático se convirtió en una enorme influencia en la obra del artista. Como puede observarse en sus obras más famosas –Amanecer en la campiña del mal, Pacto suicida de dos enamorados, Inocencia y crueldad, entre otras–, Lucifer está presente y observa la composición desde lejos. Abadía de la desesperación, uno de sus cuadros más revolucionarios, permite armar la figura del maligno al descolgarlo y verlo en perspectiva cenital.

Federico Martos Martos nació en Buenos Aires el 6 de junio de 1806. Hijo de dos acaudalados criollos, creció a medida que el Virreinato del Río de la Plata se independizaba de España. Cursó sus estudios en la Universidad de Buenos Aires, entre 1824 y 1829, especializándose en Historia del Arte. Allí conoció a Carolina Viamonte, compañera de estudios dos años menor que él, de quien se enamoró perdidamente.  Dicen los historiadores que Martos Martos pasó un año entero sin notar la presencia de la joven, hasta que un día despertó desesperado por retratarla. A pesar de los constantes avances del pintor en ciernes, Carolina Viamonte nunca le correspondió sus declaraciones de amor, y al poco tiempo se fugó con Armando Arregui, profesor de Artes Plásticas de ambos. La pareja se casó en secreto y se escapó al interior del país.

Luego de Lucifer, Carolina es el personaje que más aparece en la obra del excelso artista. Se la puede ver, en un principio, como la diosa Venus emergiendo de las aguas, en una de sus primeras obras: Ninfa del mar. Más tarde, dolido por lo que él consideró una traición a su corazón, realizó el cuadro Venus De Milo, en el que –aparentemente– Carolina aparecía desmembrada como la conocida estatua. Martos Martos destruyó la pintura segundos después de haberla terminado y solo se sabe de su existencia a través de bocetos.

En marzo de 1836, Martos Martos se casó con su prima Estela y juntos se fueron a vivir a una chacra en San Miguel de Tucumán. Su mujer lo abandonó seis meses más tarde al darse cuenta de que su marido había seguido a Carolina Viamonte de Aguirre y a su esposo hasta esa provincia, con el solo fin de vigilarlos. Si bien la producción artística de Martos Martos era fastuosa en aquella época, sus pinturas rara vez se vendían, realidad que se consolidó con su mudanza al interior del país. Al no poder soportar que Carolina fuera feliz con otro hombre, decidió quitarse la vida pegándose un tiro en el corazón.
Los hechos alrededor de su primer intento de suicidio fueron no menos que confusos. Hay quienes dijeron que la bala solo le rasguñó la piel, mientras que otros aseguraron que no existió un intento de quitarse la vida. Lo cierto es que, en una de sus últimas entrevistas al periódico La Nación, Martos Martos declaró que luego del disparo se le apareció el mismo diablo que veía desde chico.  A cambio de su alma, el pintor pidió tres deseos: talento para la pintura, bienestar económico y el amor eterno de Carolina Viamonte.

En el año nuevo de 1840, la galería de la Casa de San Miguel de Tucumán, en la provincia de Buenos Aires, abrió una retrospectiva de la obra del artista. En el transcurso de dos meses, todas sus obras se vendieron, y su nombre comenzó a ser sinónimo de prestigio entre las familias acaudaladas porteñas. Tener un Martos Martos colgado en la sala de estar era un símbolo de status.

El 15 de junio de 1840, Armando Aguirre, esposo de Carolina Viamonte, murió en circunstancias extrañas. Casualmente, la pintura La muerte de un profesor describía con exactitud cómo fue encontrado su cuerpo. Hay versiones contradictorias de si esta obra fue realizada con anterioridad o luego del fallecimiento; Martos Martos siempre se negó a aclarar este hecho.

Sin sostén económico ni herencia por cobrar, Carolina Viamonte de Aguirre se vio obligada a vivir con su familia en Buenos Aires. El prestigioso pintor aprovechó su nueva fama y el viaje de su eterna amada para volver a la provincia que lo vio nacer. A pesar de sus esfuerzos no logró conmoverla. En una de las cartas que le envió a Carolina, Martos Martos le propuso formar parte de su vida sin ser una carga para ella; pasar desapercibido, pero encargarse de su bienestar. En un párrafo bromeó con la idea de comprarle un palacio en el que él se limitase a vivir admirándola en su mesita de luz. En la actualidad, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires posee la mesa de luz que Martos Martos mandó a construir en madera de algarrobo. Aunque no permite acostarse, posee un compartimento para dormir en posición fetal. A pesar de sus intentos, el rechazo fue persistente.

De esa época es su segundo intento de suicidio, el más conocido. Luego de cortejarla por última vez, Martos Martos saltó por la ventana de la casa de Carolina Viamonte (ubicada en la calle del mismo nombre). Como se encontraban en un segundo piso, solo se fracturó un tobillo. Rengueando, se acercó hasta las vías del tranvía y se tiró sobre ellas. La crónica de la época cuenta que la mujer corrió hasta donde él estaba, entre llantos. Tiró de la botamanga de sus pantalones para salvarlo, segundos antes de que pase la formación.

No es claro qué se dijeron en ese momento entre abrazos y sollozos. Carolina Viamonte de Aguirre se suicidó dos semanas después, el 6 de junio de 1846, luego de rociarse con kerosene e incendiar la casa de sus padres. Martos Martos pintó, esa misma noche, el cuadro Amor eterno, su última obra conocida, la cual marcó el inicio del post-romanticismo. Se la considera el primer antecedente de la pintura moderna.

Martos Martos falleció el 20 de agosto de 1907. Durante la segunda mitad de su vida, sus cuadros se vendieron entre los coleccionistas en cifras astronómicas. Él vivió siempre modestamente de sus ahorros.

En una entrevista le preguntaron sobre su obsesión por Carolina Viamonte de Aguirre. El afamado artista declaró que ella había vendido su alma al diablo en 1825 a cambio de su amor eterno. Cuando se percató de que su obsesión respondía a un embrujo demoníaco y no a un corazón sincero, se juró ir en contra de sus deseos y rechazarlo siempre. Martos Martos confesó, además, que le tenía mucho miedo a la muerte. Al parecer no estaba seguro de que eso fuera suficiente para poder olvidarla.

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01. Ese tonto

Si alguien te preguntara a quién odiás más en el mundo, en el primero que pensarías es en tu hermano Ramiro. No solo porque el capricho de la genética hizo que en el maravilloso evento de tu nacimiento haya aparecido ese intruso al que llaman tu “mellizo”. No es solo porque te roba constantemente la exclusividad, que compita por la atención de papá y mamá ni porque te use tu ropa o tus juguetes. Es que es tonto. No entiende nada. No quiere entender o no le da la capacidad. Vos sí entendés muy bien las cosas, aunque recién estés en quinto grado. Después de todo, vos no repetiste cuarto y él sí.

Entonces, si alguien te preguntara a quién odiás más en el mundo (que, dicho sea de paso, nadie jamás preguntaría), responderías lo segundo que se te ocurra, que podría ser Gastón Linsalata, que vive robando tus útiles y pegándote patadas en el recreo. O elegirías a alguna personalidad televisiva que todo el mundo idolatre, solo por querer ser original. Pero ahí sigue el tonto de Ramiro, que duerme en tu mismo cuarto, come tu comida, respira tu mismo aire. En cada pelea papá y mamá van a obligarlos a que terminen dándose un abrazo. Vos vas a tener que acceder a los caprichos de los adultos, aunque él esté todo transpirado de dar vueltas y revolcarse.

Mirá si no se hace odiar… Un sábado de verano ahí estás, de rodillas sobre la mesada, intentando alcanzar la sal con especias del estante de arriba de todo. El escalope estará muy rico, pero decís que le falta tu toque. No vas a dejar pasar la oportunidad de ser el centro de atención. Todos siguen con su comida en medio del barullo; vos estás ahí, con la mano derecha estirada, revolviendo entre sobres y frascos pegajosos. A tu lado, la sartén repiquetea. Ramiro se moja el dedo en la canilla y deja caer una gota en el aceite hirviendo. Escuchás ese breve estruendo: gotitas al rojo vivo saltan a todos lados. Ese tonto se sirve un vaso de agua, en lugar de Coca-Cola –como una persona normal–, y vuelve al comedor a sentarse en su silla.

Lo seguís unos segundos con la mirada, mientras tu mano se estira más, revolviendo. Te inclinás un poco a la derecha, alterás el ángulo como para que puedas crecer unos centímetros más. Entonces ahí aparece, la bendita Sal con Finas Hierbas que, según tus propias palabras, va a hacer que el escalope de papá tenga el sabor de los dioses. Bajás de la mesada con un confiado salto hacia atrás y tu pie descalzo se encuentra con un obstáculo que no ofrece mucha resistencia. La sartén da una vuelta por el aire y en un suspiro el aceite hirviendo cae sobre tu pantorrilla derecha. El terror se apodera de vos cuando ves que a tu pierna le sale humo. Más tarde, cuando cuentes esta historia, te corregirás y dirás que es vapor, ya que el aceite evaporó instantáneamente el agua de tu piel, pero lo que ahora ves es cómo tu pierna se cocina con el aceite del escalope.

Antes de que te des cuenta lanzás un grito, que en realidad es de pánico porque se siente muy caliente, pero todavía no duele. Eso te asusta incluso más. Todos miran hacia la cocina, paralizados en la mesa, pero tu atención está en esa pierna que se pone roja, con ese humo (vapor) que sube hasta tu cara. El calor aumenta. A los cuatro segundos de que todo esto ha comenzado, tu cerebro finalmente da la orden de dejar salir al dolor.

Nunca sentiste algo así, ese choque eléctrico que sube desde la pantorrilla al muslo, después a la cadera, la panza, el hombro y termina con un fogonazo en la frente. Alguna vez te clavaste una chinche, que el tonto de Ramiro dejó en el piso. Todo se resolvió al sacártela, pero ¿qué te podrías sacar ahora? Querés arrancarte la piel, cortar la pierna a la altura de la rodilla para que el dolor pare, pero sobre todo querés dejar de sentir el olor a tu carne frita.

Con tu segundo grito salen las primeras lágrimas; y ahora sí, levantás la vista para ver cuándo vendrá tu familia a rescatarte. Solo ves a Ramiro, que sostiene su vaso de agua, buscando frenéticamente con la vista dónde te quemaste. Está tenso, con toda la intención de apagar el incendio, pero no se da cuenta de en qué parte tiene que actuar.

Con toda su inmensidad, papá lo hace a un lado. Ramiro queda aplastado contra la pared, sin que se le vuelque una gotita de agua. En un único movimiento papá te levanta y casi te mete adentro de la pileta. Abre la canilla de la fría, el dolor cede un poquito. El frío es agradable, pero seguís llorando. Entre gritos le preguntás si te vas a morir.

Papá te besa, te dice que todo va a estar bien. Es el héroe de la historia, nadie lo niega. Por un instante lograste tu cometido de tener toda su atención. No fue fácil atinarle a la sartén cuando te bajabas. Nadie sospechó que tardaras tanto tiempo en encontrar la sal que siempre estuvo en el mismo lugar. Revolviste, bufaste un poco para disimular, mientras tu pierna desnuda tanteaba el mango de la sartén con aceite hirviendo. Viste la oportunidad, juntaste fuerzas, te dejaste caer.

Lo que jamás esperaste era que ese tonto se apareciese con su vasito de agua, olvidando todo tu odio hacia él, dispuesto a ser el héroe moral. Mientras papá te seca las lágrimas, el tonto sigue acurrucado contra la pared, el vaso de agua temblando en su mano. Los ojos de Ramiro se llenan de lágrimas y empieza a volcar el agua para todos lados. Mientras llora mamá lo abraza, lo llena de besos, le dice que ya está, que no se asuste que no me pasó nada.

Bien jugado, Ramiro.

Bien jugado.